
En inglés, coconut.
El coco con minúscula es el fruto de una hermosa palmera que los sabios llaman Cocos nucifera, y que nosotros, para entendernos, llamamos cocotero. Todos asociamos este árbol a los trópicos o al ecuador pero, aunque parezca mentira, en lugares tan inhóspitos (para el coco) como Noruega han conseguido cultivar ejemplares de esta especie.
Si el perro es, para muchos, el mejor amigo del hombre, podríamos decir también que el coco es el fruto mejor amigo del hombre. Y es que casi la tercera parte de la población mundial depende en mayor o menor medida del coco, o para alimentarse o para ganarse la vida.
El coco fue llevado a Europa por los primeros exploradores portugueses y españoles que viajaron a América. En uno de sus extremos tiene tres pequeñas hondonadas que, vistas de frente, pueden recordar dos ojos y una nariz, confiriéndole al pobre coco el aspecto de un rostro sin afeitar, velludo y salvaje. Parece ser que muchos niños se asustaban de esta visión, circunstancia que los adultos aprovecharon astutamente para intimidar a los pequeños con la amenza de que, si se portaban mal, “llamarían al Coco”.
En el siglo XVIII, un misionero británico refirió también una historia que había oído contar en una de las islas Cook, llamada Mangaia. Según esta leyenda, la concubina del rey Tetui, llamada Kaiara, murió tras caerle encima un coco verde. El rey, enfurecido, hizo talar inmediatamente la palmera.
En algunos parajes, los nativos utilizan macacos para recolectar los cocos. Existen todavía incluso escuelas de macacos en Tailandia y en Malasia. Es más, una vez al año algunas comunidades organizan competiciones de macacos, cuyo ganador es el recolector más rápido.
El cocotero es un árbol hermafrodita. Cada una de sus inflorescencias contiene flores tanto masculinas como femeninas. En comparación con los mamíferos, esta peculiaridad sexual tiene sus ventajas…, aunque estoy seguro de que tampoco carece de inconvenientes.
Me gusta el cocotero. Su mera evocación me trae a la memoria recuerdos del Caribe o de mi amado Mediterráneo. Es hermoso y flexible, esbelto y alegre. No da mucha sombra, pero sus palmas extendidas transmiten una sensación protectora, sin agobiar. Además, su fruto es sabroso y nutritivo. Prácticamente todas las partes del cocotero tienen algún uso práctico: madera, hojas, fibras, cáscara, alimento y agua: los materiales perfectos para cualquier robinson crusoe.
A lo largo de su proceso de maduración, un coco puede llegar a contener un litro de líquido semejante al agua. La parte interior carnosa, crocante y deliciosamente dulce, que nosotros comemos es el endosperma, que rallado y mezclado con agua templada se convierte en la denominada ‘leche de coco’, ingrediente indispensable para los currys y machaconamente presente en todos los platos de los restaurantes indonesios.
Por si todo esto fuera poco, el agua de coco se puede utilizar también como fluido intravenoso. Y sus raíces se usan como tintura, para enjuagues bucales y como medicamento contra la disentería. Personalmente, nunca me he enjuagado la boca con una tintura de nada, pero ya se sabe que en el mundo hay gente para todo.
¿Estáis tristes? ¿Deprimidos? Si es así, os ofrezco un consejo: buscad en la tele una película del Far West y, cada vez que oigáis el sonido de los cascos de los caballos, acordáos del magnífico coco oteando el mar esmeralda allá en sus costas tropicales. Con toda probabilidad, el galope que estáis escuchando es el sonido de las dos mitades de su cáscara hueca delante de un micrófono.
Y ahora, para rematar mi repentino enamoramiento con el coco, os propongo un exótico menú a base de esta simpática fruta:
Entrada - Sopa de coco picante con pollo:
http://www.youtube.com/watch?v=PdQpUkYQri0
Plato principal - Raviolis de piña y coco en infusión de azafrán y cuba libre:
http://www.youtube.com/watch?v=EIfikaekCpY
Postre - Conitos de coco y merengue:
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