
En la familia botánica de las moráceas, el frutopán es una bendición para quienes no tienen nada que comer y para los murciélagos. Su productor natural, el árbol del pan, es una hermosa especie procedente de las islas del Pacífico, que suele alcanzar unos 20 metros de altura.
Además de tener un fruto comestible y muy parecido, en sabor y en contextura, a la patata, el látex que segrega el árbol del pan se ha utilizado para calafatear los cascos de las embarcaciones. La naturaleza es sabia. Una vez reparado el cayuco, sólo falta echarse a la mar y regresar con la red colmada para regalarse una estupenda comida de pescado fresco asado con frutopán. ¿Quién necesita un automóvil para ir a comprar al hipermercado?
Una leyenda hawaiiana relata que el árbol del pan fue creado por el dios Kü, que no podía soportar ver a sus hijos pasar hambre.
El frutopán tiene también su pequeño trocito de historia. En el siglo XVIII, el teniente Bligh, de la Armada de Su Majestad, recogió una muestra del árbol para llevarla a estudiar a su Inglaterra nativa. Los británicos mantenían por entonces una gran población de esclavos en las islas del Caribe, y buscaban una fuente de alimentación nutritiva y barata. La adversidad, sin embargo, quiso que en las proximidades de la isla de Tonga estallase una rebelión a bordo. Mientras en París humeaban todavía los cañones recién disparados de la Bastilla, diecinueve de los tripulantes del velero se amotinaban y emprendían una larga huida que, tras múltiples peripecias, terminó nueve meses después con el incendio del barco por los últimos amotinados frente a las islas de Pitcairn.
Los admiradores de Marlon Brando sabrán probablemente ya de qué estoy hablando. Un siglo después, el motín pasó a la historia del cine. El barco se llamaba… Bounty.
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En inglés: grape.
La uva es probablemente la fruta más antigua de la que tenemos noticia. Se le atribuye una antigüedad de 35 millones de años. Aquella primera variedad de vid se denomina Vitis sezonnensis, y todavía hoy podemos contemplarla (y disfrutar sus caldos) en el sur de Francia. Se empezó a cultivar hacia 6000 antes de Cristo, en Transcaucasia, y su cultivo se extendió por la región del Tigris y el Éufrates. Más de dos mil años después, se cultivaban vides en el delta del Nilo, como puede verse en muchos bajorrelieves y mosaicos de aquella época.
Hacia 900 AC, llegó a España una nueva variedad llamada muscat (¿por casualidad les recuerda a ustedes el nombre de aquel vino dulce llamado moscatel?). En Grecia, la región de Corinto se especializó en la producción de uva… Y de sus derivados. De hecho, fue allí donde, además de inventarse las pasas de Corinto, el olímpico Dionisos fue proclamado dios del vino. Las bacanales se inventaron después, cuando Dionisos pasó a Roma y allí fue rebautizado como… Baco.
El imperio romano se aficionó tanto a las pasas que sus súbditos las entregaban, por ejemplo, como premio en las competiciones deportivas (hoy lo que se regalan son prosaicas copas). Pero también servían como moneda de cambio. De hecho, se cuenta que por sólo dos tarros de pasas se podía adquirir un niño como esclavo. La producción de uvas en el Imperio llegó a proliferar tanto que, exactamente mil cuatrocientos años antes de que se descubiera América, el emperador Domiciano decretó el arranque forzoso de la mitad de las viñas de Italia.
Hacia el año 1000, unos vikingos que navegaban cerca del círculo polar ártico descubrieron una tierra fértil en la que crecían viñas silvestres. (Para que luego hablen de cambios climáticos). De modo que bautizaron aquellas tierras como “Vinland”. Por si a alguien este nombre no le suena: se pronuncia “Finland”.
Y, por último, una nota glotona. Puestas a secar, las uvas se convierten en pasas en unos cuantos meses. Lo cual nos sitúa en Navidad. Quizá por eso no son casualidad todos esos bizcochos de navidad hechos con pasas. El más famoso viene de Italia, y se llama panettone.
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