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Sandía

En inglés: watermelon

Esta pantagruélica fruta pertenece a la familia de las cucurbitáceas y es, por lo tanto, pariente del pepino y del melón. Aparece en algunos dibujos murales del antiguo Egipto, lo cual quiere decir que era ya conocida hace más de 5.000 años. A India llegó hacia el siglo IX, y a China, en el XII. Con la invasión de los árabes, entró por España al continente europeo, pero su avance hacia el norte fue lento. Y es que, en latitudes muy altas, los veranos no son lo suficientemente cálidos para tan melindrosa fruta.

Se cultiva entre mayo y noviembre. A lo largo y a lo ancho del mundo, la sandía ha recibido nombres muy divertidos:

rumano         pepene-verde
griego            ibropepon
thai                taeng mo
chino             xi gua
japonés         suika

Las sandías silvestres pueden ser tan pequeñas como una naranja. Las domésticas, no tanto. De hecho, el término ‘Baby’ (Pequeñuela) designa las variedades de menos de 5 kg, y en 1990 se incluyó en el Guinness Book of Records la sandía de mayor peso conocida: había sido cultivada en el Estado de Tennessee, y pesaba 119 kg. Una mala noticia para los impacientes: la sandía que están a punto de comerse puede contener hasta mil pepitas.

Las orillas del lago Burlus, en el Delta del Nilo, son famosas por sus sandías, de pulpa amarilla y deliciosa. Hacia 1850, el famoso explorador David Livingstone descubrió, en el desierto de Kalahari, enormes extensiones de terreno dedicadas al cultivo de la sandía, que constituía un valioso depósito de agua tanto para las personas como para los animales de carga. Desde tiempo inmemorial, muchos nómadas del desierto han podido sobrevivir gracias a ellas. Algunos autores han llegado al punto de llamarlas ‘cantinas botánicas’. Livingstone observó, además, que algunos nativos vaciaban medias sandías para usarlas como cuencos.

Thomas Jefferson fue un gran cultivador de sandías, y Mark Twain escribió en Puddn’head Wilson: “Cuando uno la prueba, ya sabe lo que comen los ángeles.” En muchos lugares del mundo, la sandía inspira todos los veranos festejos variopintos celebrados en su honor (o quizá tomándola como pretexto): desfiles, competiciones de tragones, concursos de lanzamiento de pepitas, o investiduras de la Reina de la Sandía.

En Estados Unidos, los esclavos traídos de África esparcieron matas de sandía por todo el sur del país, hasta el punto de que la planta llegó a ser todo un símbolo del racismo en esa parte de América: donde había una sandía, había un negro (y, probablemente también, agazapados, unos cuantos miembros del Ku Klux Klan, que por lo visto no tenían otra cosa de provecho que hacer).

En algunos lugares de África la sandía se come cocida, acaramelada, e incluso escabechada. En Rusia (¿dónde, si no?) se fabrica una bebida alcohólica hecha con sandías fermentadas. Y en algunas regiones de India, las semillas de sandía son convertidas en harina y utilizadas para fabricar pan.

El zumo de sandía muy madura, mezclado con azúcar y agua de rosas, es una medicina corrientemente utilizada en Egipto para las fiebres. No está demostrado que sea eficaz, pero por lo menos se sabe que es muy diurético. Los campesinos rusos utilizan sus semillas para la hidropesía y para aliviar el hígado (posiblemente después de haber ingerido grandes dosis de licor de sandía). Según algunos autores, las pepitas de sandía son también un vermífugo eficaz.

En el puntilloso Japón, las sandías son sometidas a análisis por resonancia magnética nuclear antes de venderlas, para determinar su calidad. Algunos fabricantes japoneses las hacen crecer en recipientes de vidrio templado de caprichosas formas, que la sandía terminará adoptando cuando esté madura. ¿Problemas de espacio en su frigorífico? Nunca más. Las sandías cúbicas están ya a la venta.


Hay en Vietnam una antigua leyenda que habla de sandías. El rey Hung Vuong III, que tenía sólo una hija, decidió adoptar a un niño pobre llamado An Tiem. Con el paso del tiempo, An Tiem se convirtió en un muchacho apuesto e inteligente, y el rey le otorgó a su hija en matrimonio. En la corte, sin embargo, corría el rumor de que el joven conspiraba contra su padre adoptivo. Desoyendo a su corazón, el rey creyó necesario exiliar a la pareja en una isla lejana y desierta, azotada por los elementos. Cierto día, An Tiem vio en la playa unos pájaros que picoteaban negras semillas. Se le ocurrió sembrarlas, y meses después, cuando abrió el primer fruto de la primera cosecha, descubrió en su interior la carne dulce y suculenta de la sandía. “Escucha”, dijo su esposa. A su alrededor, los pájaros emitían un gorjeo que parecía decir ” tay qua, tay qua, tay qua”. Es decir, en vietnamita: “sandía”.

Los marineros que pasaban por la isla les entregaban ropa y alimentos a cambio de aquellas sabrosas frutas, y un buen día An Tiem escribió su nombre sobre una de ellas y la arrojó al mar. Cuando los sirvientes de la corte la encontraron, la pusieron en manos del rey. Éste, al ver en ella el nombre de An Tiem, exclamó alborozado: “Aún vive”. Entonces probó la maravillosa fruta y, comprendiendo que el ingenio de su joven yerno había permitido a la pareja sobrevivir en aquella isla terrible, los mandó rescatar.

Y fueron muy felices, y comieron… sandías.

Para los más glotones, una fresca receta que les endulzará los veranos:

Mango

En inglés: mango

El árbol del mango (Magifera Indica) es una planta de hoja perenne que puede llegar a alcanzar los 30 metros de altura. Tratándose de plantas, a uno no le sorprende ya nada, pero el mango es pariente del pistacho y del anacardo. Según algunos autores, se conocen ejemplares de más de 300 años de edad que todavía dan fruto.

El mango tiene su origen en el nordeste de la actual India, donde se han encontrado fósiles de más de 20 millones de años de antigüedad. Parece ser que fueron comerciantes persas los que llevaron el mango a la región del Oriente Medio y a África. Los portugueses se encargaron después de transportarlo a América y otros lugares.

Se dice que Buda descansaba y se entregaba a la meditación con sus fieles monjes bajo la grata sombra de un árbol de mango. El mango aparece en numerosos textos religiosos clásicos, como los vedas o el Ramayana. Es también un árbol sagrado en India, donde se le atribuye la virtud de conceder deseos. En ese mismo país, las hojas de mango forman parte de ciertos rituales nupciales, como augurio de una generosa prole para los recién casados. Y los antiguos poetas sánscritos aseguraban que los brotes de mango dulcifican la voz.

En cualquier caso, parece demostrado que la pulpa del mango contiene un enzima que calma los dolores de estómago. Propiedad que tiene en común con la papaya.

Más de uno habréis probado ya el delicioso lassi de mango. Si aún no lo habéis hecho, acudid cuanto antes al restaurante indio más próximo y pedid uno. Y ya, de paso, podéis deleitaros con un delicioso achar ghost. Si sólo tenéis fuerzas para llegar al supermercado más próximo, podéis conformaros con un frasco de chutney, aunque esta salsa no está hecha con mangos maduros, sino verdes.

Para el lector a quien se le esté haciendo ya la boca agua, he aquí tres recetas sugerentes que he encontrado en YouTube:

Budin de queso y mango

Rollo de Dos Salmones con Mango

Licuado de Mango

Ah. Y si después de este festín alguien se queda todavía insatisfecho, puedo recomendarle un simpático complemento auditivo para la sobremesa:

http://rickymango.podOmatic.com

Coco

coco

En inglés: coconut

El coco con minúscula es el fruto de una hermosa palmera que los sabios llaman Cocos nucifera, y que nosotros, para entendernos, llamamos cocotero. Todos asociamos este árbol a los trópicos o al ecuador pero, aunque parezca mentira, en lugares tan inhóspitos (para el coco) como Noruega han conseguido cultivar ejemplares de esta especie.

Si el perro es, para muchos, el mejor amigo del hombre, podríamos decir también que el coco es el fruto mejor amigo del hombre. Y es que casi la tercera parte de la población mundial depende en mayor o menor medida del coco, o para alimentarse o para ganarse la vida.

El coco fue llevado a Europa por los primeros exploradores portugueses y españoles que viajaron a América. En uno de sus extremos tiene tres pequeñas hondonadas que, vistas de frente, pueden recordar dos ojos y una nariz, confiriéndole al pobre coco el aspecto de un rostro sin afeitar, velludo y salvaje. Parece ser que muchos niños se asustaban de esta visión, circunstancia que los adultos aprovecharon astutamente para intimidar a los pequeños con la amenza de que, si se portaban mal, “llamarían al Coco”.

En el siglo XVIII, un misionero británico refirió también una historia que había oído contar en una de las islas Cook, llamada Mangaia. Según esta leyenda, la concubina del rey Tetui, llamada Kaiara, murió tras caerle encima un coco verde. El rey, enfurecido, hizo talar inmediatamente la palmera.

En algunos parajes, los nativos utilizan macacos para recolectar los cocos. Existen todavía incluso escuelas de macacos en Tailandia y en Malasia. Es más, una vez al año algunas comunidades organizan competiciones de macacos, cuyo ganador es el recolector más rápido.

El cocotero es un árbol hermafrodita. Cada una de sus inflorescencias contiene flores tanto masculinas como femeninas. En comparación con los mamíferos, esta peculiaridad sexual tiene sus ventajas…, aunque estoy seguro de que tampoco carece de inconvenientes.

Me gusta el cocotero. Su mera evocación me trae a la memoria recuerdos del Caribe o de mi amado Mediterráneo. Es hermoso y flexible, esbelto y alegre. No da mucha sombra, pero sus palmas extendidas transmiten una sensación protectora, sin agobiar. Además, su fruto es sabroso y nutritivo. Prácticamente todas las partes del cocotero tienen algún uso práctico: madera, hojas, fibras, cáscara, alimento y agua: los materiales perfectos para cualquier robinson crusoe.

A lo largo de su proceso de maduración, un coco puede llegar a contener un litro de líquido semejante al agua. La parte interior carnosa, crocante y deliciosamente dulce, que nosotros comemos es el endosperma, que rallado y mezclado con agua templada se convierte en la denominada ‘leche de coco’, ingrediente indispensable para los currys y machaconamente presente en todos los platos de los restaurantes indonesios.

Por si todo esto fuera poco, el agua de coco se puede utilizar también como fluido intravenoso. Y sus raíces se usan como tintura, para enjuagues bucales y como medicamento contra la disentería. Personalmente, nunca me he enjuagado la boca con una tintura de nada, pero ya se sabe que en el mundo hay gente para todo.

¿Estáis tristes? ¿Deprimidos? Si es así, os ofrezco un consejo: buscad en la tele una película del Far West y, cada vez que oigáis el sonido de los cascos de los caballos, acordáos del magnífico coco oteando el mar esmeralda allá en sus costas tropicales. Con toda probabilidad, el galope que estáis escuchando es el sonido de las dos mitades de su cáscara hueca delante de un micrófono.

Y ahora, para rematar mi repentino enamoramiento con el coco, os propongo un exótico menú a base de esta simpática fruta:

Entrada - Sopa de coco picante con pollo:

http://www.youtube.com/watch?v=PdQpUkYQri0

Plato principal - Raviolis de piña y coco en infusión de azafrán y cuba libre:

http://www.youtube.com/watch?v=EIfikaekCpY

Postre - Conitos de coco y merengue:

http://www.youtube.com/watch?v=jDthhHWGn58

Frutopán

frutopan

En inglés: breadfruit

En la familia botánica de las moráceas, el frutopán es una bendición para quienes no tienen nada que comer y para los murciélagos. Su productor natural, el árbol del pan, es una hermosa especie procedente de las islas del Pacífico, que suele alcanzar unos 20 metros de altura.

Además de tener un fruto comestible y muy parecido, en sabor y en contextura, a la patata, el látex que segrega el árbol del pan se ha utilizado para calafatear los cascos de las embarcaciones. La naturaleza es sabia. Una vez reparado el cayuco, sólo falta echarse a la mar y regresar con la red colmada para regalarse una estupenda comida de pescado fresco asado con frutopán. ¿Quién necesita un automóvil para ir a comprar al hipermercado?

Una leyenda hawaiiana relata que el árbol del pan fue creado por el dios Kü, que no podía soportar ver a sus hijos pasar hambre.

El frutopán tiene también su pequeño trocito de historia. En el siglo XVIII, el teniente Bligh, de la Armada de Su Majestad, recogió una muestra del árbol para llevarla a estudiar a su Inglaterra nativa. Los británicos mantenían por entonces una gran población de esclavos en las islas del Caribe, y buscaban una fuente de alimentación nutritiva y barata. La adversidad, sin embargo, quiso que en las proximidades de la isla de Tonga estallase una rebelión a bordo. Mientras en París humeaban todavía los cañones recién disparados de la Bastilla, diecinueve de los tripulantes del velero se amotinaban y emprendían una larga huida que, tras múltiples peripecias, terminó nueve meses después con el incendio del barco por los últimos amotinados frente a las islas de Pitcairn.

Los admiradores de Marlon Brando sabrán probablemente ya de qué estoy hablando. Un siglo después, el motín pasó a la historia del cine. El barco se llamaba… Bounty.

Mora

mora

En inglés: blackberry

Es un misterio (o una maravillosa coincidencia) que las dos clases de moras conocidas sean de origen tan diferente y, sin embargo, tan parecidas. Hay, incluso, una fase del desarrollo embrionario animal de aspecto también muy semejante, que los especialistas llaman mórula. Si bien se mira, quizá lo sorprendente es que no todos los animales y frutos tengan un aspecto arracimado como el de una mora: es la manera más natural de agregarse las células cuando se multiplican. Lo raro, en todo caso, es que algunos seres vivos hayamos desarrollado partes especializadas. Cuanto más compleja es una forma, más difícil le resulta mantener incólume su estructura pero, en los seres vivos, los errores de las formas amorfas terminan ganando la batalla a la entropía.

Hay alguna que otra variante de cada una de estas dos especies, pero esencialmente podemos hablar de dos tipos de moras: la mora de moral o de morera (género Morus) y la mora de zarzamora (género Rubus). Las primeras pueden ser blancas, rojas o negras, pero las más consumidas son las segundas.

La mora es probablemente la fruta más difícil de investigar por Internet, ya que en español los buscadores no saben distinguir entre las moras de comer y las hembras árabes, y en inglés los buscadores no saben distinguir entre una fruta y un teléfono móvil. La primera dificultad es comprensible, ya que la palabra ‘mora’, en sus dos acepciones, es una derivación del griego ‘maúrus’, que significa ‘negro’. En cambio, las razones por las que un teléfono móvil lleva el nombre de una baya son un poco más enigmáticas. ¿Su aspecto, tal vez?

BlackBerry phone

Una leyenda inglesa asegura que no hay que coger nunca una mora a partir del 29 de septiembre, ya que en esa fecha el diablo orina sobre ellas para indicar que se las ha apropiado. La leyenda no carece de sentido común, ya que en el otoño las moras son más propensas a contraer infecciones de mohos, algunos de los cuales, ademas de saber a demonios, son tóxicos.

Zanahoria

zanahoria

En inglés: carrot

Es cierto que la zanahoria no es una fruta pero, en algunos aspectos, se le aproxima mucho. Se cocinan, por ejemplo, tartas de zanahoria. ¿Alguien ha comido alguna vez, en cambio, un dulce de repostería hecho con alcachofas, o con espárragos? Una raíz parecida a la zanahoria es la remolacha. No tan parecida, dirán algunos.

Más de lo que ellos creen. ¿Sabía usted que hasta el siglo XVII las zanahorias eran moradas?. Pues lo eran. La variedad que nosotros conocemos se cultivaba únicamente en Holanda, y fue arrinconando a su prima purpúrea poco a poco.

Belladona

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En inglés: belladonna; deadly nightshade

Es una de las plantas más tóxicas conocidas en el mundo occidental. Son venenosas sus bayas, sus hojas y su raíz. Según cuenta la leyenda, la belladona era uno de los ingredientes de un ungüento que utilizaban las brujas para volar, subidas a una escoba. Teniendo en cuenta que el ungüento contenía también opio y otras plantas igualmente alucinógenas, no es de extrañar que aquellas brujas volaran (al menos, desde su punto de vista).

La leyenda del tomate se debe, sin duda, al parecido de esa planta con la belladona. Cuya infusión, por cierto, se aplicaban las damas a los ojos durante la Edad Media para agrandar sus pupilas, y así parecer más hermosas.

En otras palabras: para convertirse en una… ‘bella donna’.

Naranja

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En inglés, orange

Tardé muchos años en caer en la cuenta de que las naranjas navel se llaman así porque su parte inferior es parecida a un ombligo (eso es lo que significa ‘navel’ en inglés). Según ciertos autores, la palabra naranja proviene del tamil naranthai, y antes de llegar al español pasó por el sánscrito, el persa y el árabe. Todo un pedigree.

Según otros autores, en cambio, el origen del nombre es ‘aruanju’, que en tamil quiere decir ‘seis más cinco’. Efectivamente, si abrimos en dos mitades una naranja cualquiera, observaremos que esas dos mitades no son iguales: una tendrá seis gajos, y la otra cinco.

En otras lenguas, el nombre de la naranja es el mismo que el de un país: Portugal, que fue en un tiempo el principal exportador de esa fruta. Y en varios idiomas germánicos y eslavos la palabra ‘naranja’ podría traducirse como ‘manzana de China’.

Más curiosidades lingüísticas: Naranja es el nombre de un lugar de Florida, que en el censo del año 2000 contaba 4.030 habitantes. En aquella fecha, sólo un 28% de aquells habitantes hablaban español, mientras que un 0’95% tenía como lengua materna el tagalo. En total, 38 habitantes. Pero Naranja no tiene nada que ver con Orange, que es una circunscripción (county) de California.

Son pocas las variedades de naranja puras. La mayoría son híbridos o injertos. Una de las combinaciones más felices la consiguió un sacerdote francés, que, tras cruzar nranjas con mandarinas, obtuvo una fruta muy parecida a la mandarina, pero sin semillas y con la corteza hueca (es decir, fácil de pelar). De  nombre le pusieron clementina. El sacerdote se llamaba… Pierre Clément.

Pera

peras

En inglés: pear

Según algunos arqueólogos, las peras eran ya conocidas por los hombres primitivos que vivían junto a los lagos suizos. Y Homero dice de ellas en la Odisea: “Crecen allí árboles altos y lujuriantes, perales y granados y manzanos con sus relucientes frutos, y dulces higos, y verdeantes olivas”. El registro mercantil más antiguo de que se tiene noticia constata el envío de un cargamento de peras de los colonos de la “Massachusetts Company to New England” a la ciudad de Plymouth, en 1629.

 

El peral europeo (Pyrus communis L.) es probablemente el más popular, aunque cabe sospechar que, por alguna razón, la pera asiática ha dejado su huella en nuestro vocabulario: ¿les suena a ustedes de algo la palabra ‘perifollo’? Pues la variedad de peral asiático lleva el nombre científico de Pyrus… pyrifolia

Hasta el siglo XVI, la pera cocida era la guarnición habitual de la carne. Hasta que cierto día a alguien, o por pura hambre o por despiste, se le escapó un mordisco… y descubrió que también se podía comer cruda. 

En el siglo XVII, un maestro de escuela de Berkshire consiguió un híbrido delicioso, que se comercializó en Europa como ‘pera Williams’ (el nombre de su creador) y en Estados Unidos como ‘pera Bartlett’ (el nombre de su vendedor). 

¿Perifollo?

¿Perifollo?

Se dice que las peras maduran más rápidamente si las colocamos en un frutero rodeadas de bananas. La pera es la fruta que menos alergias provoca, y la madera del peral es la más apreciada por los fabricantes de instrumentos musicales de viento.

Las peras que más me gustan son las llamadas ”Conference’, cuyo nombre rememora el premio otorgado a esta variedad en la Conferencia Internacional de la Pera, en 1885. No es de extrañar el premio: son riquísimas.