
En inglés: pear.
Según algunos arqueólogos, las peras eran ya conocidas por los hombres primitivos que vivían junto a los lagos suizos. Y Homero dice de ellas en la Odisea: “Crecen allí árboles altos y lujuriantes, perales y granados y manzanos con sus relucientes frutos, y dulces higos, y verdeantes olivas”. El registro mercantil más antiguo de que se tiene noticia constata el envío de un cargamento de peras de los colonos de la “Massachusetts Company to New England” a la ciudad de Plymouth, en 1629.
El peral europeo (Pyrus communis L.) es probablemente el más popular, aunque cabe sospechar que, por alguna razón, la pera asiática ha dejado su huella en nuestro vocabulario: ¿les suena a ustedes de algo la palabra ‘perifollo’? Pues la variedad de peral asiático lleva el nombre científico de Pyrus… pyrifolia.
Hasta el siglo XVI, la pera cocida era la guarnición habitual de la carne. Hasta que cierto día a alguien, o por pura hambre o por despiste, se le escapó un mordisco… y descubrió que también se podía comer cruda.
En el siglo XVII, un maestro de escuela de Berkshire consiguió un híbrido delicioso, que se comercializó en Europa como ‘pera Williams’ (el nombre de su creador) y en Estados Unidos como ‘pera Bartlett’ (el nombre de su vendedor).

¿Perifollo?
Se dice que las peras maduran más rápidamente si las colocamos en un frutero rodeadas de bananas. La pera es la fruta que menos alergias provoca, y la madera del peral es la más apreciada por los fabricantes de instrumentos musicales de viento.
Las peras que más me gustan son las llamadas ”Conference’, cuyo nombre rememora el premio otorgado a esta variedad en la Conferencia Internacional de la Pera, en 1885. No es de extrañar el premio: son riquísimas.