Higo chumbo

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En inglés, Barbary fig

Quienes conozcan el escudo nacional de México recordarán tal vez que en él aparece representada un águila apresando una serpiente con una de sus garras. El águila tiene cara de pocos amigos, y está posada sobre una curiosa planta azul con pencas en lugar de tallos y pinchos en lugar de hojas.

En el mundo real, esa planta no es azul, sino verde, y se llama nopal. Todos las hemos visto alguna vez, enzarzadas unas en otras, en la ladera áspera de algún collado coronado por un viejo castillo. Para colmo de tan melancólica descripción, resulta que además el nopal es hermafrodita.

Quizá por esa razón, el nopal se propaga con rapidez sorprendente. Deje usted caer una semilla en cualquier hoyo polvoriento de cualquier secarral, y veinte años después el lugar se habrá convertido en una espesura impenetrable. Y ríase usted de las alambradas de espino, porque las hojas del nopal no son en realidad esas pencas oblongas que parecen aguardar a un adversario de mil brazos para jugar surrealistas partidas de ping pong, sino un desafiante ejército de espinas duras y enhiestas con las que las autoridades sanitarias recomiendan no tropezarse.

Los nopales pueden alcanzar 5 m de altura, son perfectamente impermeables al agua, y en los primeros días de la primavera se engalanan con hermosas flores amarillas, rojas o moradas. Con la parsimonia de quien no tiene competidores, aquellas flores maduran y llegan al otoño convertidas en rojos frutos híspidos cuyo sabor nos recuerda al melón.

Aunque el nopal crecen en una franja terrestre árida que va desde la región central de México hasta el Oriente medio, sólo los mexicanos parecen haber apreciado sus múltiples virtudes. En aquel país, las tunas o higos chumbos –que tales nombres recibe el bárbaro fruto del nopal– son fuente de subsistencia para muchos mexicanos, no menos que el elote (maíz) o el agave azul. Según Alexander von Humboldt (pronunciado ‘fon humbolt’), la palabra ‘tuna’ tiene su origen en la isla de Hispaniola, de donde pasó a nuestro vocabulario a comienzos del siglo XVI.

Del nopal, los mexicanos comen los brotes tiernos, que ellos llaman ‘nopalitos’, después de cortarlos en tiras y freírlos con huevos y jalapeños. Delicioso desayuno. La parte más sabrosa del nopal, sin embargo, no son los nopalitos, sino las tunas. Y no sólo crudas, sino también en forma de mermeladas, gelatinas o bebidas. El colonche, por ejemplo, es un licor alcohólico, dulce y suavemente burbujeante, elaborado en México desde tiempo inmemorial, primo hermano del ficodi siciliano y de la maltesa bajtra. Ah, y en la isla de Santa Elena es también conocido un licor de ese mismo fruto, llamado tungi spirit.

En el suroeste de Estados Unidos, los ganaderos han empezado a cultivar el nopal como forraje para sus animales. Además de constituir una cerca formidable, la planta contiene un 85% de agua y en muchos casos hace innecesario abrevar el ganado. Mire usted por dónde. Más peseticas para la faltriquera.

Como todos los cactus, los nopales son algo así como los dromedarios del desierto, y sus raíces se sienten cómodas en terrenos en los que usted y yo pediríamos auxilio a los pocos minutos, por lo que son un excelente remedio contra la erosión. En Túnez y Argelia lo saben bien, y a menudo los plantan estratégicamente para detener el avance de las dunas. Pero también hay quien los elabora para pintar iglesias y conventos, o como pintura impermeabilizante en las viviendas.

¿Admira usted aquel pareo de vivos colores rojos y violáceos? Pues dé las gracias a los nopales, porque las mariquitas, esos insectos de vistosos élitros rojos a topos negros, semejantes al Volkswagen ‘escarabajo’, se encuentran a sus anchas entre los nopales, por lo que muchos cultivadores las crían en grandes cantidades para extraer de ellas el ácido carmínico o ‘carmín’, con el que después elaborarán tintes y colorantes alimentarios. Sí, ha leído usted bien: colorantes alimentarios.

Pero nos estamos olvidando de las tunas. Las tunas o higos chumbos contienen grandes cantidades de vitamina C, y cuando todavía no se habían inventado las farmacias era frecuente ingerirlas como remedio contra el escorbuto. Además, se le atribuyen virtudes medicinales como alivio para trastornos estomacales, diabetes, cortes en la piel, quemaduras solares, estreñimiento, obesidad, resacas, colitis, colesterol e hipertrofia de la próstata. La panacea, al lado del higo chumbo, era agua de sifón.

El aceite de higo chumbo es también un ingrediente de algunas cremas de belleza anunciadas como remedio contra el envejecimiento. Sin embargo, se necesitan cantidades ingentes de tunas para extraer cantidades muy pequeñas de ese aceite, que resulta ser uno de los más caros del mundo.

Cuentan las crónicas que en el siglo XIV el dios Huitzilopochtli se apareció en cierta ocasión a un caudillo azteca y le anunció que la nueva morada de su tribu sería la isla del lago Texcoco. Sabrían cuál era aquel lugar porque, nada más llegar, verían en él un águila posada sobre un cactus, en lo alto de una roca rodeada de agua. Allí, profetizó Huitzilopochtli, construirían una ciudad. En su honor, naturalmente. Como ya estará sospechando usted, la tribu terminó encontrando la isla, el águila y el nopal, y en el año 1325 emprendieron la construcción de la ciudad.

Aquella ciudad se llama hoy Ciudad de México, y tiene más de 20 millones de habitantes. Sin embargo, el nombre que le dieron aquellos primeros moradores fue mucho más descriptivo. Sabiendo que ‘nopal’ en nahuatl es ‘nochtli’, lo lógico era bautizar a la sagrada ciudad como “Tenochtitlan”. Es decir, “el lugar del nopal”. Por eso precisamente el símbolo nacional de México es hoy un águila posada sobre un nopal.

El higo chumbo tiene muchas espinas, y las peores no son las que más asoman, sino otras más chiquitas, casi invisibles, que se clavan con increíble facilidad y que después cuesta mucho desprender. Por eso es aconsejable coger las tunas con pinzas o tenazas y sumergirlas inmediatamente en un cubo con agua. Es el método que yo recomiendo. En unas cuantas horas, el agua separará las espinas del fruto. Después, bastará con lavarlo y quedará listo para comer. (Pelándolo antes, naturalmente).

Por si alguien se cree muy hábil y no toma las precauciones necesarias, he aquí un remedio casero para quitarse las espinas:

Y para despedirnos de esta deliciosa fruta, una receta muy simple que endulzará nuestras sobremesas:

Kiwi

En inglés, kiwifruit

En inglés, kiwifruit

Si por un azar de la vida se encuentra usted en Nueva Zelanda y se le ocurre pedir ‘un kiwi’, no es improbable que alguien suelte una carcajada. En aquel país, lo que usted conoce como ‘kiwi’ es conocido en realidad como ‘kiwifruit’. Y con razón. Porque en Nueva Zelanda ‘kiwi’ es no sólo el nombre de un pájaro, sino también el nombre que los neozelandeses se dan familiarmente a sí mismos.

Empecemos por el pájaro.

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El kiwi es un ave sin alas, de aspecto redondeado y esponjoso, pariente del emú y del avestruz aunque mucho más pequeño, que con los años ha llegado a ser el símbolo de Nueva Zelanda. El nombre es de origen maorí, pero hay dos teorías al respecto. Hay quien piensa que la palabra es simplemente una imitación de su manera de piar, y hay quien cree que la empezaron a usar los primeros polinesios que llegaron a aquellas islas. Según esta segunda teoría, el pájaro kiwi se parece mucho a una variedad migratoria de zarapito o sarapico que pasa los inviernos en las islas tropicales del Pacífico. En mi opinión, esas dos aves se parecen como un huevo a una castaña pero, si usted lo duda, pinche en el enlace y juzgue por usted mismo.

A la vista del pajarito de la foto, no es difícil averiguar por qué los neozelandeses llamaron ‘kiwifruit’ a las bayas comestibles de diversas especies trepadoras del género Actinidia. Aunque la más común es Actinidia deliciosa, conocida también como ‘mangüeyo’, hay otras especies igualmente comestibles, como la libidinosa Actinidia poligama, y otras con nombres tan evocadores como ‘Arctic beauty’ o tan enigmáticos como ‘kolomikta’.

La fruta kiwi es originaria del nordeste de China, según unos autores, o del suroeste, según otros. Originalmente era conocida allí como ‘yangtao’ o ‘melocotón fresa’. Coloquialmente, los chinos se refieren también a ella como ‘melocotón de mono’, ‘pera de macaco’, ‘pera trepadora’ o ‘melocotón sol’. No estaba tradicionalmente considerada como una fruta de mesa, sino que se la daban a los niños para estimular su crecimiento y a las recién paridas para ayudarlas a restablecerse.

Las primeras semillas de esta fruta llegaron a la Real Sociedad Horticultora de Londres en 1847. Como son necesarias una planta macho y una hembra para obtener fruto, durante mucho tiempo se usó sólo con fines ornamentales. De China, la especie pasó a Nueva Zelanda en los comienzos del siglo XX. La versión más extendida atribuye a una tal Isabel Fraser, directora de un colegio de niñas en China, la que llevó a Nueva Zelanda las primeras semillas de kiwi durante una visita a su hermana, que era misionera en aquellas islas.

El caso es que, durante la segunda guerra mundial, los militares americanos destacados en Nueva Zelanda se aficionaron mucho a aquella fruta, que no tardó  en ser conocida en Estados Unidos. En 1961, el kiwi apareció por primera vez en la carta de un restaurante de California, aunque en aquella época lo llamaban ‘Chinese gooseberry’, es decir, ‘grosella china’. Pero los primeros importadores no estaban satisfechos con aquel nombre y querían algo más pegadizo. Una de las alternativas que consideraron fue ‘melonette’, pero lo terminaron descartando porque los melones, por aquel entonces, pagaban unos aranceles muy altos. Así que, por semejanza con el famoso pájaro, se decidieron por ‘kiwifruit’. Algo así como si en español dijéramos ‘fruta gallina’, o ‘fruta periquito’.

Desde el punto de vista de la salud, el kiwi es un potente antioxidante. Además, está repleto de vitamina A, y contiene proporcionalmente más vitamina C que una naranja. Tiene también una gran cantidad de fibra. Protege frente al asma y la ceguera, y tiene efectos muy beneficiosos sobre el sistema cardiovascular. Pero no coma kiwis si es usted alérgico al látex o tiene propensión a los cálculos renales o de la vesícula biliar.

Una virtud no muy conocida del kiwi: gracias a su contenido en ácido actínico y ácido brómico, es un excelente reblandeciente. ¿Le ha salido correoso el filete que le vendieron como solomillo en la carnicería? Tranquilo. Cúbralo durante 10 minutos con unas rodajas de kiwi recién cortadas, y problema resuelto. Pero no olvide regresar a la carnicería y echarle la bronca al carnicero.

No parece haber ninguna leyenda relacionada con el kiwi, de modo que nos conformaremos con estas dos recetas exóticas a base de esta fruta. La primera es un postre de aspecto delicioso: flan napolitano de fresa y kiwi. Lo mejor de todo: es fácil de cocinar.

La segunda receta es sólo para amantes del riesgo: filete de sardina con puré de kiwi. Ya nos contaréis.

 

Granada

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En inglés: pomegranate

La granada es una fruta fea y adusta por fuera, pero llena de sensualidad. Quién no recuerda la impresión recibida cuando la primera granada se abrió relampagueante ante sus ojos infantiles, con aquel crujido grávido que revelaba geometrías caprichosas, y después la sensación de los dedos desgranando el rojo semillero. El granado es, según se mire, un arbusto grande o un árbol pequeño, que no suele pasar de los ocho metros de altura. Como el lector seguramente sospecha ya, tiene su origen en la legendaria Mesopotamia. Se han encontrado restos de granadas carbonizados en yacimientos de la Edad del Bronce excavados en Jericó y en la isla de Chipre. Una granada había en la tumba del mayordomo de la reina Hatshepsut, en el antiguo Egipto. Y en Mesopotamia se han encontrado textos cuneiformes que hablaban ya de esa fruta tres mil años antes de que nosotros naciéramos. La granada se cultiva en regiones templadas y tropicales, y motea los alrededores de la inacabable Ruta de la Seda.

Uno de los aspectos más exóticos de la granada es la musicalidad de los nombres que recibe, desde el áspero Granatapfel alemán hasta el callejero pomogranà veneciano, pasando por el italiano melograno (del latín mālum grānātus, manzana granada), el tamil madulai o el telegráfico rmn de los antiguos egipcios. Su nombre latino, Punica granatum, hace referencia a la civilización púnica (es decir, a los fenicios), que la cultivaron con especial mimo, en parte por razones religiosas. Un aspecto de esa fruta que yo habría preferido no mencionar: las granadas de mano.

Si hacemos caso de la mitología griega, la granada se engendró de la sangre del hermoso Adonis. Cuentan también que la diosa Perséfone fue raptada por Hades, que la llevó consigo a su mundo subterráneo, donde la hizo su esposa. Como la madre de Perséfone era la diosa de las cosechas, el rapto de su hija le causó tal dolor que, en poco tiempo, todas las las plantas dejaron de crecer. Alarmado, Zeus ordenó a Hades que devolviera a Perséfone, pero el Destino había establecido una norma inviolable: todo aquel que ingiriera comida o bebida en el mundo subterráneo se condenaba a pasar la eternidad en él. Con malas artes, Hades había conseguido que Perséfone comiera seis semillas de granada, por lo que estaba condenada a pasar seis meses en el infierno todos los años. Así, cada vez que Perséfone regresa al trono subterráneo y se sienta en él junto a Hades para pasar con él los seis meses de rigor, su madre llora nuevamente la pérdida de su hija y la tierra deja de dar fruto. Supongo que el lector habrá entendido ya que ése era, para los griegos, el origen de las estaciones.

Inevitablemente, ha habido estudiosos de la Biblia que han asegurado que la granada, y no la manzana, era el fruto prohibido del Paraíso Terrenal. Aunque sospechamos que ninguno de ellos estaba allí para dejar constancia, es cierto que la granada aparece mencionada en el Cantar de los Cantares, del rey Salomón: “Tus labios escarlata, amada mía, son como una cinta de grana destilando miel, y tu manera de hablar es hermosa. A través del velo, tus sienes semejan las dos mitades de una granada”.

Tampoco debería sorprendernos averiguar que, para los antiguos egipcios, la granada era símbolo de prosperidad. ¿Qué fruta no lo ha sido? En Armenia, por ejemplo, era costumbre entregar a la recién casada una granada, que ella lanzaba después contra una pared, rompiéndola en pedazos. Incluso en la moderna Grecia, todavía hoy, cuando alguien compra una vivienda, los invitados ofrecen a los nuevos dueños una granada como augurio de abundancia, fertilidad y buena suerte.

Podemos ver granadas en muchos cuadros antiguos de asunto religioso. Botticelli y Leonardo, por ejemplo, pusieron granadas en las manos de la Virgen María y de su hijo. Por último, no tengo más remedio que recoger una tradición políticamente incorrecta. El nombre tamil de la granada, maadulampazham, es una metáfora de la mente femenina, ya que, según los antiguos tamiles, los pensamientos de una mujer son tan recónditos e indescifrables como las semillas escondidas en el interior de ese fruto. Que el lector decida si los tamiles tenían o no razón con sus metáforas.

En la medicina tradicional, la corteza de la granada y la de su tronco se usan como remedio contra la diarrea, la disentería y las lombrices intestinales. Además, cuando el fruto está muy dulce, afirman los pechos femeninos y curan las hemorroides. Sus semillas y su jugo serían también beneficiosos para el corazón y la garganta. El jugo frenaría la aparición de cataratas. Se han usado también las semillas de granada como anticonceptivo, y como supositorio vaginal. Al menos, así lo recogen algunos textos indios de la antigüedad y ciertos tratados medievales. En estudios de laboratorio, el jugo de granada parece atenuar los factores de riesgo de las enfermedades coronarias. Además, reduce la tensión arterial, protege frente a los virus, inhibe la formación de placa dental y estimula la producción de testosterona. Una verdadera botica.

Y, para terminar, un truco práctico y una receta. ¿Cómo pelar una granada fácilmente en pocos segundos?

Cereza

Cherries

En inglés: cherry

La cereza es fruta deliciosa y sensual que se obtiene de varios árboles del género Prunus. Es familia de la ciruela, del albaricoque (damasco), del melocotón (durazno) y de la almendra.

Las especies de cerezo nativas provienen de las regiones templadas de Europa y Oriente Medio, y no prosperan en climas cálidos, ya que sus semillas necesitan el frío del invierno para empezar a germinar. Tanto el español cereza como el francés cerise, el inglés cherry o el alemán Kirsche provienen de la palabra latina cerasum. Cuentan las crónicas que, hacia el año 70 antes de nuestra era, tras conquistar la colonia griega de Kerasus, en la región del Ponto (el nordeste de la actual Anatolia), un general romano llamado Lucius Licinius Lucullus regresó a Roma con un cargamento de 74 cerezos. La fruta tuvo tal éxito que pronto se extendió por buena parte del Imperio. Varios siglos después, Enrique VIII probó las cerezas en Flandes y ordenó inmediatamente plantar árboles de esa especie en el condado de Kent.

El cerezo tarda siete años en alcanzar la plena madurez, aunque produce sus primeras cerezas en su cuarto año de edad. Los campos de cerezos en flor, al comienzo de la primavera, componen un espléndido paisaje, y sus frutas se recolectan durante el verano. Se conocen más de 50 variedades de cerezas comestibles, con nombres de resonancias baudelairianas (Autumnalis), mitológicas (Pandora), musicales (Staccato), históricas (Napoleon) y evocadoras de emociones contrapuestas (Austera, Pink Perfection, Sweetheart).

Se producen actualmente en todo el mundo más de dos millones de toneladas de cerezas, de los que medio millón se cultivan en Turquía, seguida muy de cerca por Estados Unidos. La ciudad de Traverse City, en Michigan, se ha otorgado a sí misma el título de “capital mundial de las cerezas”. Celebra todos los años un festival nacional de esa fruta, durante el que se cocina el pastel de cerezas más grande del mundo. Los Estados Unidos, ya se sabe… Con todo, la cereza más grande jamás registrada fue exhibida en una feria por el agricultor italiano Gerardo Maggipinto, en Sammichele di Bari, el 21 de junio de 2003. Pesaba 21,69 gramos, aproximadamente el peso de una canica de vidrio de dos centímetros y medio.

Las cerezas dulces (que también las hay agrias) no tienen un gran contenido calórico: unas 63 kcal/100 g, pero sí una gran abundancia de vitaminas A y C. Según algunos estudios, comer cerezas protege de la obesidad y, según otros, alivia los ataques de gota y de artritis. A la corteza del cerezo se atribuyen virtudes como sedante y expectorante. En América, los mohicanos la usaban como remedio contra la disentería, las indias cherokees para atenuar los dolores del parto, y los meskwakis la tomaban como sedante. En suma: una pequeña panacea. Además, la madera de cerezo es muy apreciada por los fabricantes de muebles, por su robustez y prestancia.

En Japón, las flores de cerezo son un símbolo nacional que representa los valores de belleza, cortesía y modestia. El Gobierno de ese país ha regalado en varias ocasiones al Gobierno de Estados Unidos miles de cerezos como prenda de amistad. Todos aquellos árboles fueron a parar a la capital, Washington, D.C., donde todavía siguen plantados.

También en China eran conocidas las cerezas desde tiempos tan antiguos como el siglo VI antes de nuestra era, y también para ellos era una fruta simbólica. Según una leyenda china, las cerezas de la inmortalidad maduran una vez cada mil años en el jardín de la diosa Xi Wang Mu. Para protegerse de los malos espíritus, los chinos instalaban figurillas de madera de cerezo a la puerta de sus casas, y el día de Año Nuevo colgaban ramas de cerezo sobre sus puertas.

Un detalle anecdótico: quien haya estado en Manhattan habrá advertido que la avenida Broadway se desvía inexplicablemente hacia el este a la altura de East 10th Street. ¿La causa? Un cerezo que nadie se atrevió a arrancar.

Como colofón de esta breve semblanza, dos propinas. En primer lugar, un documental sobre la recolección de la cereza en el valle del Jerte:

Y, para concluir, una sabrosa receta: clafoutis de cerezas

Higo

En inglés: fig

El humilde higo común, pariente de la tentadora breva, paraíso de hormigas y sombra del fatigado labrador, es el delicioso fruto de la especie Ficus carica, originaria del Asia menor. Se cuenta que fueron los españoles los que la llevaron a América, hacia 1520. El higo es fruta efímera, pero la higuera es árbol resiliente y generoso, que puede vivir hasta cien años y crecer hasta alcanzar los 30 m de altura. Tal vez por todas esas razones, o por ser una de las pocas reliquias vivas del mítico Mediterráneo, la higuera es el árbol preferido del autor.

Aunque uno siempre ha dado por sentado que Adán y Eva tapaban sus vergüenzas con una hoja de parra, siempre encontrará usted algún estudioso díscolo que afirme que la hoja era de higuera, y la fruta prohibida, un higo. Pero el tiempo nunca pasa en balde, y la brevedad de las prendas de baño modernas ha progresado tanto que la ancha hoja de nuestros primeros padres pasaría, en nuestros días, por atavío mojigato. Con la Biblia en la mano, vivimos en Sodoma y Gomorra.

Desde el África central hasta el lejano Oriente, la higuera ha sido secularmente, para sus pobladores, el árbol de la vida y del conocimiento. Higos hay en tablillas cinceladas por los sumerios hace más de 4500 años, en la biografía de Gautama Buda y, naturalmente, en las mitologías griega y romana. La higuera nos trae recuerdos de gigantes y titanes, de ninfas y de culto al vino, a la tierra, al sexo y a la agricultura. Está asociada a nombres de antepasados reales, como Horacio, o legendarios, como Rómulo y Remo, y nos hace evocar ciudades cargadas de historia y sumergidas ya en el tiempo, como Cartago o Atenas. Higos comían los guerreros espartanos y los atletas de los primeros juegos olímpicos, y, si la leyenda es cierta, Cleopatra murió por la picadura de una avispa escondida en una cesta de higos.

En las lenguas derivadas del latín, la palabra sicofante, o sicofanta, que etimológicamente significa ‘delator de la presencia de higos’, se utiliza en el sentido de ‘calumniador’. En inglés, en cambio, significa ‘adulador’. Los orígenes de la palabra son oscuros. Según la versión más extendida, los sicofantes eran en la Grecia antigua quienes delataban a los ladrones o contrabandistas de higos. La amenaza de delación terminó convirtiéndose en una forma de chantaje, cuyos excesos, según Aristóteles, incitaron en más de una ocasión a los ricos a derrocar a sus gobernantes en varios Estados del Peloponeso.

Otros autores, en cambio, aseguran que en Atenas la exportación de higos nunca estuvo prohibida, y nos remiten no al contrabando, sino al robo de frutos de las higueras sagradas, e incluso al sexo femenino como significado figurado de la palabra ‘higo’. En este último caso, cabe preguntarse qué era exactamente lo que delataban los sicofantes. En cualquier caso, calumniar a terceros para favorecer al poderoso puede ser también una forma de adulación, lo que explicaría tal vez el significado de la palabra en inglés.

Una curiosa peculiaridad de la higuera son sus flores. ¿Han visto ustedes alguna vez una higuera en flor? No es necesario que hagan memoria. Con toda probabilidad, la respuesta es “sí”. Porque, aunque pocos lo saben, el propio higo es al mismo tiempo la flor y el fruto de la higuera, que sólo una especie de avispa, suficientemente diminuta, es capaz de polinizar. Concretamente, la hembra de esa especie. El macho nunca abandona su higo natal (ni siquiera tiene alas) y, después de aparearse, muere. Su cuerpo es digerido por el propio fruto, gracias a un enzima llamado ficina.

Hay innumerables variedades de higos. Algunas de ellas tienen nombres irresistibles: Celeste, Alma, Mademoiselle de deux Saisons, Carne Doncella, Paradiso Bianco, Pezón Largo, o Reina de Málaga.

Otras, no tanto: K-6-5, UCR-160-50, Monstreuse, Paradiso Nero, Corleone. Hay también nombres muy evocadores: Desert King, Brooklyn Dark, Mystery Fig, Negretta, e incluso German Red. Para los amantes de la informática, hay también dos variedades llamadas Excel y Vista.

En Indonesia se creía que dos dioses crearon al hombre y a la mujer cortando una higuera en sentido vertical y horizontal, respectivamente. El texto de la Biblia está salpicado de higueras, y en ciertas tribus de Australia el Yara-Ma-Yha-Who es un vampiro rojo (verde, según otros autores) con ventosas de pulpo en las manos y en los pies, que se esconde en las higueras y se alimenta de la sangre de los caminantes. Los amantes de las películas de terror encontrarán más razones todavía para simpatizar con las higueras: los ataúdes de las momias egipcias estaban hechos de madera de sicómoro, una variedad de higuera que crece en el norte de África. La corteza de higuera era el material utilizado por los mayas para escribir sus códices sagrados, en los que registraban datos astrológicos y anunciaban profecías. En México se usan todavía las ramas de higuera para construir puentes suspendidos.

Los higos han sido utilizados durante siglos para endulzar las comidas, y todavía son consumidos en lugar del azúcar en el norte de África y en el Oriente Medio. Además de fructosa y de glucosa, los higos tienen un alto contenido de potasio, hierro, fibra y calcio, y son diuréticos y laxantes. El látex blanco que rezuman sus pedúnculos se utiliza como pegamento, oxidante de cobre, coagulante de leche, lacre y goma de mascar, y las hojas de la higuera son también utilizadas como papel de lija y como alimento para los gusanos de seda. La corteza sirve para curtir y depilar pieles, y también para fabricar cuerdas e, incluso, prendas de vestir. El jugo de higo es una buena tintura para usos textiles, y las fibras de los brotes jóvenes sirven para tejer redes de pesca.

¿Padece usted trastornos digestivos, tos, resfriado o abscesos en la piel? No vaya a la farmacia. En su frutería más cercana encontrará el remedio para sus males: barato, nutritivo, mediterráneo… y, sobre todo, deliciosamente sabroso.

No sólo como postre. Los higos combinan bien con manjares muy diversos. Como muestra, esta receta:

Carpaccio de higo con jamón

Y, si alguien se ha quedado todavía con ganas de postre, puede endulzar sus oídos con esta melodía: “Figs and Dates” (Higos y dátiles):

Plátano, banana, guineo

En inglés: plantain, banana, guineo

En los países de habla española, la confusión que rodea al plátano y la banana es inextricable. Para poner un poco de orden, digamos que se trata de dos plantas pertenecientes al género de las musáceas, aunque el fruto de una de ellas (el plátano o plátano macho) se come frito o hervido, mientras que el fruto de la otra (la banana), que es dulce, se come normalmente crudo. Para complicar aún más las cosas, hay una tercera fruta (el guineo), que en algunos lugares es un plátano verde, y en otros, una banana pequeña.

Las musáceas son originarias del sureste de Asia. Aunque fueron domesticadas, es todavía posible encontrar muchas especies de bananas silvestres en Nueva Guinea, Malasia, Indonesia y Filipinas. En Papua Nueva Guinea, concretamente, la banana se cultivaba ya hace 7.000 años.

Desde Indonesia se propagaron hacia el este, hasta Hawaii y la Polinesia, y por el oeste hasta África y España. En la Edad Media, las bananas de Granada estaban consideradas entre las mejores del mundo. En el siglo XVI, los colonizadores portugueses llevaron la planta del África occidental a Santo Domingo, y de allá se extendió al resto de América Central, donde actualmente hay enormes plantaciones, aunque los principales productores son India y China.

Aunque en los países ricos la banana no forma parte de la dieta diaria, en muchos países es un alimento tan esencial como la patata, el arroz, el pan o la yuca, que nunca pueden faltar en la mesa del pobre.

No es el caso de Groenlandia, naturalmente, ya que la banana, el plátano y el guineo (si es que realmente se trata de tres cosas distintas) requieren un clima cálido (en torno a 26ºC durante todo el año) y húmedo, con lluvias prolongadas y frecuentes. Para desgracia de los groenlandeses, el banano deja de crecer cuando la temperatura baja de 18 ºC, y se deteriora irremediablemente por debajo de 13 ºC. Ah, y parece que es falso el rumor de que la piel seca de la banana es alucinógena.

Hay muchísimas variedades de musáceas, algunas de ellas con nombres bastante curiosos: pisang jari buaya, gros Michel, dedo de dama, Cavendish enano, robusta, golden beauty, maricongo… y otras híbridas, con nombres tales como: burro, francés, macho, manzana, cenizo, chato, pelipita, dominico, o -en un alarde de falta de imaginación- FHIA 21. La palabra ‘banana’ procede en realidad del wolof, una lengua hablada en Senegal, Gambia y Mauritania.

Las musáceas tienen uno de los genomas más pequeños de todas las plantas, lo cual sin duda demuestra que el tamaño no es, en fin de cuentas, tan importante como se nos quiere hacer creer. Los bananos no son árboles, sino arbustos, aunque pueden alcanzar hasta 15 metros de altura. Una planta normal produce al año unos 300 o 350 racimos, cada uno de los cuales suele pesar entre 30 y 45 kilogramos. El plátano morado es más resistente a las enfermedades, pero tarda más de un año y medio en dar fruto.

Aunque a muchos no nos lo parezca, la banana madura es un alimento muy digestivo. Tiene tantas vitaminas B y C como el tomate o la naranja, además de abundantes sales minerales de hierro, fósforo, calcio, magnesio, potasio y zinc… Toda una ferretería.

Algunas curiosidades que pocos conocen: expuestas a la luz ultravioleta, las bananas se vuelven fluorescentes. Además, la piel de banana puede utilizarse para limpiar ríos contaminados de metales pesados.

El Diccionario de la Real Academia Española recoge algunos usos (y, como es habitual en ella, desusos) de la palabra ‘plátano’. Por ejemplo:

Estar alguien más pelado que un plátano (Cuba): Pasar por una mala situación económica.
No comer plátano por no botar la cáscara (Perú): Ser tacaño y cicatero.
Tener uno la mancha de plátano (Puerto Rico): Ser un puertorriqueño típico.

En India, el bulbo del banano exprimido se usa como remedio contra la ictericia y contra los cólicos nefríticos. Sus hojas se utilizan en Japón para fabricar manteles y kimonos, y en Nepal para tejer a mano alfombras de sedosa textura. Ah, y existe también una variedad de papel hecha de piel de banana.

En música y cine, la banana ha sido una fruta de gran éxito. La canción “Yes! We Have No Bananas” fue, durante los años 20 y 30, la partitura más vendida de la historia de la música. Llegó a ser interpretada por Benny Goodman. Ha sido cantada, mencionada o tarareada en películas como “Sólo los ángeles tienen alas”, “Sabrina”, “El paciente inglés”, e incluso en versión alemana, en la película “Uno, dos, tres” de Billy Wilder, aunque con un título muy poco sugestivo: “Ausgerechnet Bananen”.

Sandía

En inglés: watermelon

Esta pantagruélica fruta pertenece a la familia de las cucurbitáceas y es, por lo tanto, pariente del pepino y del melón. Aparece en algunos dibujos murales del antiguo Egipto, lo cual quiere decir que era ya conocida hace más de 5.000 años. A India llegó hacia el siglo IX, y a China, en el XII. Con la invasión de los árabes, entró por España al continente europeo, pero su avance hacia el norte fue lento. Y es que, en latitudes muy altas, los veranos no son lo suficientemente cálidos para tan melindrosa fruta.

Se cultiva entre mayo y noviembre. A lo largo y a lo ancho del mundo, la sandía ha recibido nombres muy divertidos:

rumano         pepene-verde
griego            ibropepon
thai                taeng mo
chino             xi gua
japonés         suika

Las sandías silvestres pueden ser tan pequeñas como una naranja. Las domésticas, no tanto. De hecho, el término ‘Baby’ (Pequeñuela) designa las variedades de menos de 5 kg, y en 1990 se incluyó en el Guinness Book of Records la sandía de mayor peso conocida: había sido cultivada en el Estado de Tennessee, y pesaba 119 kg. Una mala noticia para los impacientes: la sandía que están a punto de comerse puede contener hasta mil pepitas.

Las orillas del lago Burlus, en el Delta del Nilo, son famosas por sus sandías, de pulpa amarilla y deliciosa. Hacia 1850, el famoso explorador David Livingstone descubrió, en el desierto de Kalahari, enormes extensiones de terreno dedicadas al cultivo de la sandía, que constituía un valioso depósito de agua tanto para las personas como para los animales de carga. Desde tiempo inmemorial, muchos nómadas del desierto han podido sobrevivir gracias a ellas. Algunos autores han llegado al punto de llamarlas ‘cantinas botánicas’. Livingstone observó, además, que algunos nativos vaciaban medias sandías para usarlas como cuencos.

Thomas Jefferson fue un gran cultivador de sandías, y Mark Twain escribió en Puddn’head Wilson: “Cuando uno la prueba, ya sabe lo que comen los ángeles.” En muchos lugares del mundo, la sandía inspira todos los veranos festejos variopintos celebrados en su honor (o quizá tomándola como pretexto): desfiles, competiciones de tragones, concursos de lanzamiento de pepitas, o investiduras de la Reina de la Sandía.

En Estados Unidos, los esclavos traídos de África esparcieron matas de sandía por todo el sur del país, hasta el punto de que la planta llegó a ser todo un símbolo del racismo en esa parte de América: donde había una sandía, había un negro (y, probablemente también, agazapados, unos cuantos miembros del Ku Klux Klan, que por lo visto no tenían otra cosa de provecho que hacer).

En algunos lugares de África la sandía se come cocida, acaramelada, e incluso escabechada. En Rusia (¿dónde, si no?) se fabrica una bebida alcohólica hecha con sandías fermentadas. Y en algunas regiones de India, las semillas de sandía son convertidas en harina y utilizadas para fabricar pan.

El zumo de sandía muy madura, mezclado con azúcar y agua de rosas, es una medicina corrientemente utilizada en Egipto para las fiebres. No está demostrado que sea eficaz, pero por lo menos se sabe que es muy diurético. Los campesinos rusos utilizan sus semillas para la hidropesía y para aliviar el hígado (posiblemente después de haber ingerido grandes dosis de licor de sandía). Según algunos autores, las pepitas de sandía son también un vermífugo eficaz.

En el puntilloso Japón, las sandías son sometidas a análisis por resonancia magnética nuclear antes de venderlas, para determinar su calidad. Algunos fabricantes japoneses las hacen crecer en recipientes de vidrio templado de caprichosas formas, que la sandía terminará adoptando cuando esté madura. ¿Problemas de espacio en su frigorífico? Nunca más. Las sandías cúbicas están ya a la venta.


Hay en Vietnam una antigua leyenda que habla de sandías. El rey Hung Vuong III, que tenía sólo una hija, decidió adoptar a un niño pobre llamado An Tiem. Con el paso del tiempo, An Tiem se convirtió en un muchacho apuesto e inteligente, y el rey le otorgó a su hija en matrimonio. En la corte, sin embargo, corría el rumor de que el joven conspiraba contra su padre adoptivo. Desoyendo a su corazón, el rey creyó necesario exiliar a la pareja en una isla lejana y desierta, azotada por los elementos. Cierto día, An Tiem vio en la playa unos pájaros que picoteaban negras semillas. Se le ocurrió sembrarlas, y meses después, cuando abrió el primer fruto de la primera cosecha, descubrió en su interior la carne dulce y suculenta de la sandía. “Escucha”, dijo su esposa. A su alrededor, los pájaros emitían un gorjeo que parecía decir ” tay qua, tay qua, tay qua”. Es decir, en vietnamita: “sandía”.

Los marineros que pasaban por la isla les entregaban ropa y alimentos a cambio de aquellas sabrosas frutas, y un buen día An Tiem escribió su nombre sobre una de ellas y la arrojó al mar. Cuando los sirvientes de la corte la encontraron, la pusieron en manos del rey. Éste, al ver en ella el nombre de An Tiem, exclamó alborozado: “Aún vive”. Entonces probó la maravillosa fruta y, comprendiendo que el ingenio de su joven yerno había permitido a la pareja sobrevivir en aquella isla terrible, los mandó rescatar.

Y fueron muy felices, y comieron… sandías.

Para los más glotones, una fresca receta que les endulzará los veranos: