Granada

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En inglés: pomegranate

La granada es una fruta fea y adusta por fuera, pero llena de sensualidad. Quién no recuerda la impresión recibida cuando la primera granada se abrió relampagueante ante sus ojos infantiles, con aquel crujido grávido que revelaba geometrías caprichosas, y después la sensación de los dedos desgranando el rojo semillero. El granado es, según se mire, un arbusto grande o un árbol pequeño, que no suele pasar de los ocho metros de altura. Como el lector seguramente sospecha ya, tiene su origen en la legendaria Mesopotamia. Se han encontrado restos de granadas carbonizados en yacimientos de la Edad del Bronce excavados en Jericó y en la isla de Chipre. Una granada había en la tumba del mayordomo de la reina Hatshepsut, en el antiguo Egipto. Y en Mesopotamia se han encontrado textos cuneiformes que hablaban ya de esa fruta tres mil años antes de que nosotros naciéramos. La granada se cultiva en regiones templadas y tropicales, y motea los alrededores de la inacabable Ruta de la Seda.

Uno de los aspectos más exóticos de la granada es la musicalidad de los nombres que recibe, desde el áspero Granatapfel alemán hasta el callejero pomogranà veneciano, pasando por el italiano melograno (del latín mālum grānātus, manzana granada), el tamil madulai o el telegráfico rmn de los antiguos egipcios. Su nombre latino, Punica granatum, hace referencia a la civilización púnica (es decir, a los fenicios), que la cultivaron con especial mimo, en parte por razones religiosas. Un aspecto de esa fruta que yo habría preferido no mencionar: las granadas de mano.

Si hacemos caso de la mitología griega, la granada se engendró de la sangre del hermoso Adonis. Cuentan también que la diosa Perséfone fue raptada por Hades, que la llevó consigo a su mundo subterráneo, donde la hizo su esposa. Como la madre de Perséfone era la diosa de las cosechas, el rapto de su hija le causó tal dolor que, en poco tiempo, todas las las plantas dejaron de crecer. Alarmado, Zeus ordenó a Hades que devolviera a Perséfone, pero el Destino había establecido una norma inviolable: todo aquel que ingiriera comida o bebida en el mundo subterráneo se condenaba a pasar la eternidad en él. Con malas artes, Hades había conseguido que Perséfone comiera seis semillas de granada, por lo que estaba condenada a pasar seis meses en el infierno todos los años. Así, cada vez que Perséfone regresa al trono subterráneo y se sienta en él junto a Hades para pasar con él los seis meses de rigor, su madre llora nuevamente la pérdida de su hija y la tierra deja de dar fruto. Supongo que el lector habrá entendido ya que ése era, para los griegos, el origen de las estaciones.

Inevitablemente, ha habido estudiosos de la Biblia que han asegurado que la granada, y no la manzana, era el fruto prohibido del Paraíso Terrenal. Aunque sospechamos que ninguno de ellos estaba allí para dejar constancia, es cierto que la granada aparece mencionada en el Cantar de los Cantares, del rey Salomón: “Tus labios escarlata, amada mía, son como una cinta de grana destilando miel, y tu manera de hablar es hermosa. A través del velo, tus sienes semejan las dos mitades de una granada”.

Tampoco debería sorprendernos averiguar que, para los antiguos egipcios, la granada era símbolo de prosperidad. ¿Qué fruta no lo ha sido? En Armenia, por ejemplo, era costumbre entregar a la recién casada una granada, que ella lanzaba después contra una pared, rompiéndola en pedazos. Incluso en la moderna Grecia, todavía hoy, cuando alguien compra una vivienda, los invitados ofrecen a los nuevos dueños una granada como augurio de abundancia, fertilidad y buena suerte.

Podemos ver granadas en muchos cuadros antiguos de asunto religioso. Botticelli y Leonardo, por ejemplo, pusieron granadas en las manos de la Virgen María y de su hijo. Por último, no tengo más remedio que recoger una tradición políticamente incorrecta. El nombre tamil de la granada, maadulampazham, es una metáfora de la mente femenina, ya que, según los antiguos tamiles, los pensamientos de una mujer son tan recónditos e indescifrables como las semillas escondidas en el interior de ese fruto. Que el lector decida si los tamiles tenían o no razón con sus metáforas.

En la medicina tradicional, la corteza de la granada y la de su tronco se usan como remedio contra la diarrea, la disentería y las lombrices intestinales. Además, cuando el fruto está muy dulce, afirman los pechos femeninos y curan las hemorroides. Sus semillas y su jugo serían también beneficiosos para el corazón y la garganta. El jugo frenaría la aparición de cataratas. Se han usado también las semillas de granada como anticonceptivo, y como supositorio vaginal. Al menos, así lo recogen algunos textos indios de la antigüedad y ciertos tratados medievales. En estudios de laboratorio, el jugo de granada parece atenuar los factores de riesgo de las enfermedades coronarias. Además, reduce la tensión arterial, protege frente a los virus, inhibe la formación de placa dental y estimula la producción de testosterona. Una verdadera botica.

Y, para terminar, un truco práctico y una receta. ¿Cómo pelar una granada fácilmente en pocos segundos?

Y esta interesante receta. Pollo con salsa de granada:

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