Bellota

acorns

En inglés, acorn

La bellota es un fruto común a varias especies del género Quercus, cuyos representantes principales son el roble, la encina, el alcornoque y el quejigo. Su nombre proviene del árabe ballūta, es decir, encina. Según ciertos autores, la palabra ‘Quercus’ es de origen celta y significa ‘árbol excelente’. En inglés, la palabra ‘cork’ (corcho) es sospechosamente parecida a ‘quercus’, y la palabra ‘acorn’ (bellota) tiene su origen en el gótico ‘akran’, que significaba ‘fruto del campo silvestre’. En tiempos tan lejanos como el siglo XIV, Chaucer hablaba ya en sus cuentos de “achornes of okes”. Es decir, bellotas de roble.

El roble es un árbol muy longevo. Si por casualidad tiene usted en su jardín un roble con un corazón grabado en su corteza, es posible que ese corazón fuera una muestra de amor del tatarabuelo de su tatarabuelo, porque los robles pueden llegar a vivir tranquilamente más de dos siglos. En el año 2002, una tempestad derribó en el estado de Maryland el roble más viejo hasta entonces conocido. La circunferencia de su tronco medía casi 12 metros, y se le atribuía una edad de 460 años. No se puede decir que el roble sea un árbol impulsivo, ya que puede tardar hasta 50 años en producir sus primeras bellotas. Y tampoco muy sociable, ya que cuando mejor crece es cuando no tiene otros robles en sus inmediaciones. La parsimonia del roble se evidencia también en el peso y tamaño de sus frutos, que el viento  a duras penas consigue dispersar. Por eso, las probabilidades de que una bellota termine convirtiéndose en un roble adulto son muy pocas. Concretamente, una entre diez mil.

Las distintas variedades de bellota configuran en los diccionarios un pequeño oasis evocador y melodioso. Hay bellotas coscojas, de lana, dulces, bordes, brevas, martinencas, medianas, migueleñas y palomeras. Y, a semejanza de las parturientas, primerizas, segunderas y tardías.

Con su sombrerete tosco y su aspecto de bala inofensiva, la fea bellota es el fruto más apreciado por las ardillas, del que se alimentan también pájaros carpinteros, cerdos, osos, antílopes y varias especies de roedores. En Extremadura y Andalucía no es raro ver en las dehesas, al llegar el otoño, gorrinos aquí y allá alimentándose de bellotas caídas, mientras las cabras trepan a los árboles para comérselas directamente de las ramas. Todo un espectáculo. Pero, atención: las bellotas contienen grandes cantidades de taninos, que son difíciles de metabolizar, y para algunas especies de animales, como los caballos o el ganado lanar, son peligrosamente tóxicas.

Para las personas también, pero nuestros antepasados aprendieron a dejarlas un tiempo en remojo, renovando varias veces el agua hasta hacerlas comestibles. Antes incluso de que aparecieran los romanos, se sabe que los habitantes del centro y norte de la península horneaban ya su pan con harina de bellotas. O al menos eso es lo que nos dicen Plinio el Viejo y Estrabón, quien señalaba que “durante dos tercios del año, los habitantes de las montañas se alimentan de bellotas de encina, que ellos dejan secar, trituran, y convierten después en un pan que se conserva cierto tiempo.”

Y con esto entramos en el inevitable apartado de las virtudes farmacológicas. Además de calcio, fósforo y potasio, la bellota contiene ácido nicotínico, más conocido como ‘niacina’ o ‘vitamina B’. Y el masajista espabilado sabe que algunas de las cremas que usa están hechas de aceite de bellota. Aunque hoy en día a pocos se les ocurrirá cocinar una bechamel con harina de bellota, todavía hay quienes se alimentan de ella, particularmente en Corea y en algunas tribus de indios americanos. Si no pudiera usted resistir la tentación de imitarlos, tenga presente que es preferible comer las bellotas cuando todavía no han germinado. En caso contrario, el brote nuevo habrá tenido tiempo de producir lignina, y su bechamel no tendrá más valor nutritivo que la sección de anuncios de un periódico cualquiera.

De la gastronomía de los nativos americanos no es mucho lo que se sabe pero, según cierto investigador, las tribus yurok y karuk preparan con las bellotas una sopa sencilla, que cocinan en una cesta colocada sobre piedras calientes y que acompañan después de salmón a la parrilla con arándanos o algas. Menos mal.

En la antigua Grecia, las clases populares se alimentaban a veces de bellotas, especialmente cuando los tiempos venían malos y la comida escaseaba. También los japoneses las consumieron como último recurso durante su lejana prehistoria. En Corea se fabrica todavía con ellas una gelatina comestible llamada ‘dotorimuk muchim’, además de los ‘dotori guksu’, unos fideos autóctonos hechos de harina o almidón de bellota. En el siglo XVII no era raro administrar a los borrachines jugo de bellotas, o bien para quitarles la resaca o bien en previsión de la siguiente noche de parranda.

Como el lector estará ya sospechando, en el repertorio de bebidas espirituosas no puede faltar tampoco el licor de bellota. Además, en épocas de escasez la polifacética bellota ha sido también un sucedáneo aceptable del café, como descubrieron no sólo los confederados durante la guerra civil americana, sino también el ejército alemán en la segunda guerra mundial. Más cornás da el hambre.

A pesar de su aspecto panzudo y poco garboso, las bellotas han inspirado desde la más remota antigüedad joyas, cubertería y muebles ornamentales, por ejemplo en la arquitectura romana, o en las culturas celta y escandinava. Probablemente, en referencia a alguna leyenda mitológica. Como recordarán quienes hayan leído la Odisea, la bellota era uno de los alimentos que Circe daba a los compañeros de Ulises después de convertirlos en cerdos. Y en la Roma antigua todos los árboles que daban bellotas estaban consagrados al dios Júpiter. Por otra parte, el nogal, pese a que no da bellotas sino nueces, respondía al bombástico nombre de Jovis juglans, es decir, “bellotas de Júpiter”.

Para los antiguos druidas, las bellotas eran un valioso talismán, pero no me pregunten por qué. La diosa Diana aparece frecuentemente representada portando una diadema de bellotas y, según la mitología nórdica, Thor, el dios del trueno, se refugió bajo un roble en el transcurso de una tormenta. En aquellas frías latitudes muchos creían que poniendo una bellota en el alféizar protegerían el hogar frente a los rayos, y es todavía frecuente que los tiradores de las persianillas estén moldeados en forma de bellota.

Hubo un tiempo en que los robles estaban considerados como los reyes del bosque, y en ellos moraban hadas que tocaban su cabeza con caperuzas de bellota a guisa de sombrero. Sorprendentemente, han sido muchas las supersticiones asociadas a la anodina bellota. En tiempos, las jovencitas practicaban una versión del me quiere/no me quiere poniendo a flotar dos bellotas en un cuenco con agua. La mayor o menor separación entre las bellotas era un augurio de su futuro con el mozo por ellas invocado.

Hubo también quien les atribuía buena fortuna, y algunos incluso el secreto de la eterna juventud. Y se decía que sembrar una bellota una noche de luna llena era una fórmula infalible para recibir dinero en pocos días. Quizá lo único sensato que ha inspirado este impertérrito fruto es aquel proverbio americano que nos enseña que “de la pequeña bellota nace el poderoso roble”.

No podemos despedirnos de nuestra protagonista de hoy sin añadir un par de consejos interesantes. En primer lugar, cómo seleccionar y asar las bellotas:

Y, por si acaso algún día nos caen las vacas flacas, cómo elaborar café de bellotas:

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