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Bellota

acorns

En inglés, acorn

La bellota es un fruto común a varias especies del género Quercus, cuyos representantes principales son el roble, la encina, el alcornoque y el quejigo. Su nombre proviene del árabe ballūta, es decir, encina. Según ciertos autores, la palabra ‘Quercus’ es de origen celta y significa ‘árbol excelente’. En inglés, la palabra ‘cork’ (corcho) es sospechosamente parecida a ‘quercus’, y la palabra ‘acorn’ (bellota) tiene su origen en el gótico ‘akran’, que significaba ‘fruto del campo silvestre’. En tiempos tan lejanos como el siglo XIV, Chaucer hablaba ya en sus cuentos de “achornes of okes”. Es decir, bellotas de roble.

El roble es un árbol muy longevo. Si por casualidad tiene usted en su jardín un roble con un corazón grabado en su corteza, es posible que ese corazón fuera una muestra de amor del tatarabuelo de su tatarabuelo, porque los robles pueden llegar a vivir tranquilamente más de dos siglos. En el año 2002, una tempestad derribó en el estado de Maryland el roble más viejo hasta entonces conocido. La circunferencia de su tronco medía casi 12 metros, y se le atribuía una edad de 460 años. No se puede decir que el roble sea un árbol impulsivo, ya que puede tardar hasta 50 años en producir sus primeras bellotas. Y tampoco muy sociable, ya que cuando mejor crece es cuando no tiene otros robles en sus inmediaciones. La parsimonia del roble se evidencia también en el peso y tamaño de sus frutos, que el viento  a duras penas consigue dispersar. Por eso, las probabilidades de que una bellota termine convirtiéndose en un roble adulto son muy pocas. Concretamente, una entre diez mil.

Las distintas variedades de bellota configuran en los diccionarios un pequeño oasis evocador y melodioso. Hay bellotas coscojas, de lana, dulces, bordes, brevas, martinencas, medianas, migueleñas y palomeras. Y, a semejanza de las parturientas, primerizas, segunderas y tardías.

Con su sombrerete tosco y su aspecto de bala inofensiva, la fea bellota es el fruto más apreciado por las ardillas, del que se alimentan también pájaros carpinteros, cerdos, osos, antílopes y varias especies de roedores. En Extremadura y Andalucía no es raro ver en las dehesas, al llegar el otoño, gorrinos aquí y allá alimentándose de bellotas caídas, mientras las cabras trepan a los árboles para comérselas directamente de las ramas. Todo un espectáculo. Pero, atención: las bellotas contienen grandes cantidades de taninos, que son difíciles de metabolizar, y para algunas especies de animales, como los caballos o el ganado lanar, son peligrosamente tóxicas.

Para las personas también, pero nuestros antepasados aprendieron a dejarlas un tiempo en remojo, renovando varias veces el agua hasta hacerlas comestibles. Antes incluso de que aparecieran los romanos, se sabe que los habitantes del centro y norte de la península horneaban ya su pan con harina de bellotas. O al menos eso es lo que nos dicen Plinio el Viejo y Estrabón, quien señalaba que “durante dos tercios del año, los habitantes de las montañas se alimentan de bellotas de encina, que ellos dejan secar, trituran, y convierten después en un pan que se conserva cierto tiempo.”

Y con esto entramos en el inevitable apartado de las virtudes farmacológicas. Además de calcio, fósforo y potasio, la bellota contiene ácido nicotínico, más conocido como ‘niacina’ o ‘vitamina B’. Y el masajista espabilado sabe que algunas de las cremas que usa están hechas de aceite de bellota. Aunque hoy en día a pocos se les ocurrirá cocinar una bechamel con harina de bellota, todavía hay quienes se alimentan de ella, particularmente en Corea y en algunas tribus de indios americanos. Si no pudiera usted resistir la tentación de imitarlos, tenga presente que es preferible comer las bellotas cuando todavía no han germinado. En caso contrario, el brote nuevo habrá tenido tiempo de producir lignina, y su bechamel no tendrá más valor nutritivo que la sección de anuncios de un periódico cualquiera.

De la gastronomía de los nativos americanos no es mucho lo que se sabe pero, según cierto investigador, las tribus yurok y karuk preparan con las bellotas una sopa sencilla, que cocinan en una cesta colocada sobre piedras calientes y que acompañan después de salmón a la parrilla con arándanos o algas. Menos mal.

En la antigua Grecia, las clases populares se alimentaban a veces de bellotas, especialmente cuando los tiempos venían malos y la comida escaseaba. También los japoneses las consumieron como último recurso durante su lejana prehistoria. En Corea se fabrica todavía con ellas una gelatina comestible llamada ‘dotorimuk muchim’, además de los ‘dotori guksu’, unos fideos autóctonos hechos de harina o almidón de bellota. En el siglo XVII no era raro administrar a los borrachines jugo de bellotas, o bien para quitarles la resaca o bien en previsión de la siguiente noche de parranda.

Como el lector estará ya sospechando, en el repertorio de bebidas espirituosas no puede faltar tampoco el licor de bellota. Además, en épocas de escasez la polifacética bellota ha sido también un sucedáneo aceptable del café, como descubrieron no sólo los confederados durante la guerra civil americana, sino también el ejército alemán en la segunda guerra mundial. Más cornás da el hambre.

A pesar de su aspecto panzudo y poco garboso, las bellotas han inspirado desde la más remota antigüedad joyas, cubertería y muebles ornamentales, por ejemplo en la arquitectura romana, o en las culturas celta y escandinava. Probablemente, en referencia a alguna leyenda mitológica. Como recordarán quienes hayan leído la Odisea, la bellota era uno de los alimentos que Circe daba a los compañeros de Ulises después de convertirlos en cerdos. Y en la Roma antigua todos los árboles que daban bellotas estaban consagrados al dios Júpiter. Por otra parte, el nogal, pese a que no da bellotas sino nueces, respondía al bombástico nombre de Jovis juglans, es decir, “bellotas de Júpiter”.

Para los antiguos druidas, las bellotas eran un valioso talismán, pero no me pregunten por qué. La diosa Diana aparece frecuentemente representada portando una diadema de bellotas y, según la mitología nórdica, Thor, el dios del trueno, se refugió bajo un roble en el transcurso de una tormenta. En aquellas frías latitudes muchos creían que poniendo una bellota en el alféizar protegerían el hogar frente a los rayos, y es todavía frecuente que los tiradores de las persianillas estén moldeados en forma de bellota.

Hubo un tiempo en que los robles estaban considerados como los reyes del bosque, y en ellos moraban hadas que tocaban su cabeza con caperuzas de bellota a guisa de sombrero. Sorprendentemente, han sido muchas las supersticiones asociadas a la anodina bellota. En tiempos, las jovencitas practicaban una versión del me quiere/no me quiere poniendo a flotar dos bellotas en un cuenco con agua. La mayor o menor separación entre las bellotas era un augurio de su futuro con el mozo por ellas invocado.

Hubo también quien les atribuía buena fortuna, y algunos incluso el secreto de la eterna juventud. Y se decía que sembrar una bellota una noche de luna llena era una fórmula infalible para recibir dinero en pocos días. Quizá lo único sensato que ha inspirado este impertérrito fruto es aquel proverbio americano que nos enseña que “de la pequeña bellota nace el poderoso roble”.

No podemos despedirnos de nuestra protagonista de hoy sin añadir un par de consejos interesantes. En primer lugar, cómo seleccionar y asar las bellotas:

Y, por si acaso algún día nos caen las vacas flacas, cómo elaborar café de bellotas:

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Chirimoya

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En inglés, cherimoya

Mark Twain dijo de ella que era “la fruta más deliciosa de cuantas conocen los seres humanos”. Y la tribu de los moche, en Perú, la representaba frecuentemente en sus cerámicas. Su nombre proviene del quechua ‘chirimuya’, que significa ‘semillas de [tiempo] frío’. La chirimoya es una especie del género Annona, probablemente originaria de la región noroccidental de América del Sur. La planta, que llega a alcanzar entre cinco y mueve metros de altura, presenta unas flores carnosas, de un color verde muy pálido y un intenso aroma afrutado.

La chirimoya va cambiando de nombre a medida que uno recorre el continente americano. En Venezuela la llaman ‘chirimorrinón’, y en Haití, ‘cachiman la Chine’. Los mexicanos la conocen como ‘pox’, pero en Belize su nombre es ‘tukib’, y los indios de Guatemala se refieren a ella como ‘pac’, ‘pap’, ‘tsummy’ o ‘tzumux’. Además, en Perú clasifican las chirimoyas, según las características de su piel, en lisas, impresas, umbonadas, tetiladas o tuberculadas. Por si esto fuera poco, sus variedades tienen nombres tan atrayentes como Nata, Sabor, Río Negro, Concha Lisa, Bronceada, Concha Picuda, Terciopelo o Deliciosa. Todo un diccionario.

El fruto, de aspecto suavemente poliédrico, mide entre diez y veinte centímetros de largo y pesa de 150 a 500 gramos, pero puede llegar a alcanzar los 2,7 kilos. Cuando madura, la pulpa que encierra en su interior es blanca y cremosa, con abundantes pepitas negras de mediano tamaño. Sus flores son hermafroditas, aunque exhiben un comportamiento que les impide fecundarse a sí mismas. Todo sucede muy rápido. Al abrirse, la flor de la chirimoya es hembra, pero en muy pocas horas se transforma en macho.

Aunque su aspecto y su sabor evocan los calores del clima tropical, la chirimoya necesita pasar por un periodo relativamente frío para desarrollarse con normalidad. De no ser así, simplemente se aletargará y sus hojas tardarán mucho más en crecer. Sus paisajes preferidos son soleados, con soplos de brisa marina y noches frescas. Las laderas tropicales de los Andes, entre 1000 y 2500 m de altitud, parecen ser su entorno natural, aunque muchas de las variedades silvestres de Annona cherimola crecen en América Central.

En 1757 se recolectaron las primeras chirimoyas en España, pero su cultivo fue minoritario hasta los años 40 y 50 del siglo XX, en que una epidemia diezmó los naranjos del sur de Granada, a los que terminaron sustituyendo en gran parte. La chirimoya de aquella región, en la que se disfruta un microclima subtropical, pertenece a una variedad llamada ‘Fino de Jete”.

La chirimoya es un fruto muy delicado, que hay que recolectar a mano y almacenar cuidadosamente durante no más de 24 horas. Cualquier otra manipulación está estrictamente prohibida. Se recolectan aún verdes, y maduran en unos cinco días. A menudo se acelera la maduración gaseándolas con etileno. En Bolivia, apenas las recogen las envuelven en un paño de lana, en el que las mantienen a temperatura ambiente. Estarán en su punto sólo tres días después.

La chirimoya es generosa en vitaminas B6, C y riboflavina. En Jamaica, las flores secas del chirimoyo han sido usadas como rapé. Congelada, la chirimoya madura constituye un helado delicioso, y en México hay quien le añade unas gotas de jugo de lima antes de comérsela. También hay al menos una destilería (en la costa de Granada) que ha obtenido de la chirimoya un delicioso licor, suave y cremoso.

Las semillas contienen pequeñas cantidades de una sustancia neurotóxica, a la que algunos autores han atribuido casos de Parkinson atípicos en la isla de Guadalupe. Según otros autores, una inyección de extracto de la corteza puede producir parálisis muscular. Las semillas trituradas son usadas como insecticida, pero el lector curioso haría bien en proceder con precaución. Se ha mencionado al menos un caso de ceguera causada por el contacto de las semillas trituradas con los ojos.

En Líbano se cultivan chirimoyas en la vega de Nahr Ibrahim (Río de Abraham). Este río es conocido también como “río de Adonis”, y cuenta la leyenda que fue allí donde murió el dios Adonis, cuya sangre, dicen, confiere desde entonces al río el color rojizo de sus aguas. Se dice también que aquellas riberas fueron en tiempos una ruta de peregrinos, que se entregaban allí a orgías desenfrenadas. Desgraciadamente, la leyenda no nos cuenta qué religión profesaban aquellos sorprendentes peregrinos, de manera que tendremos que seguir investigando. Prometo avisar si la encuentro.

Para atenuar la frustración causada por las leyendas incompletas, propongo al lector un par de vídeos interesantes. En primer lugar, uno muy práctico que más de un lector seguramente me agradecerá. Cómo hacer jugo de chirimoya en solo 1 mn, sin pepiptas:

Y, para remate, esta receta de aspecto irresistible: Tarta de chirimoya con masa de chocolate. ¡Ñam…!

 

Higo chumbo

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En inglés, Barbary fig

Quienes conozcan el escudo nacional de México recordarán tal vez que en él aparece representada un águila apresando una serpiente con una de sus garras. El águila tiene cara de pocos amigos, y está posada sobre una curiosa planta azul con pencas en lugar de tallos y pinchos en lugar de hojas.

En el mundo real, esa planta no es azul, sino verde, y se llama nopal. Todos las hemos visto alguna vez, enzarzadas unas en otras, en la ladera áspera de algún collado coronado por un viejo castillo. Para colmo de tan melancólica descripción, resulta que además el nopal es hermafrodita.

Quizá por esa razón, el nopal se propaga con rapidez sorprendente. Deje usted caer una semilla en cualquier hoyo polvoriento de cualquier secarral, y veinte años después el lugar se habrá convertido en una espesura impenetrable. Y ríase usted de las alambradas de espino, porque las hojas del nopal no son en realidad esas pencas oblongas que parecen aguardar a un adversario de mil brazos para jugar surrealistas partidas de ping pong, sino un desafiante ejército de espinas duras y enhiestas con las que las autoridades sanitarias recomiendan no tropezarse.

Los nopales pueden alcanzar 5 m de altura, son perfectamente impermeables al agua, y en los primeros días de la primavera se engalanan con hermosas flores amarillas, rojas o moradas. Con la parsimonia de quien no tiene competidores, aquellas flores maduran y llegan al otoño convertidas en rojos frutos híspidos cuyo sabor nos recuerda al melón.

Aunque el nopal crecen en una franja terrestre árida que va desde la región central de México hasta el Oriente medio, sólo los mexicanos parecen haber apreciado sus múltiples virtudes. En aquel país, las tunas o higos chumbos –que tales nombres recibe el bárbaro fruto del nopal– son fuente de subsistencia para muchos mexicanos, no menos que el elote (maíz) o el agave azul. Según Alexander von Humboldt (pronunciado ‘fon humbolt’), la palabra ‘tuna’ tiene su origen en la isla de Hispaniola, de donde pasó a nuestro vocabulario a comienzos del siglo XVI.

Del nopal, los mexicanos comen los brotes tiernos, que ellos llaman ‘nopalitos’, después de cortarlos en tiras y freírlos con huevos y jalapeños. Delicioso desayuno. La parte más sabrosa del nopal, sin embargo, no son los nopalitos, sino las tunas. Y no sólo crudas, sino también en forma de mermeladas, gelatinas o bebidas. El colonche, por ejemplo, es un licor alcohólico, dulce y suavemente burbujeante, elaborado en México desde tiempo inmemorial, primo hermano del ficodi siciliano y de la maltesa bajtra. Ah, y en la isla de Santa Elena es también conocido un licor de ese mismo fruto, llamado tungi spirit.

En el suroeste de Estados Unidos, los ganaderos han empezado a cultivar el nopal como forraje para sus animales. Además de constituir una cerca formidable, la planta contiene un 85% de agua y en muchos casos hace innecesario abrevar el ganado. Mire usted por dónde. Más peseticas para la faltriquera.

Como todos los cactus, los nopales son algo así como los dromedarios del desierto, y sus raíces se sienten cómodas en terrenos en los que usted y yo pediríamos auxilio a los pocos minutos, por lo que son un excelente remedio contra la erosión. En Túnez y Argelia lo saben bien, y a menudo los plantan estratégicamente para detener el avance de las dunas. Pero también hay quien los elabora para pintar iglesias y conventos, o como pintura impermeabilizante en las viviendas.

¿Admira usted aquel pareo de vivos colores rojos y violáceos? Pues dé las gracias a los nopales, porque las mariquitas, esos insectos de vistosos élitros rojos a topos negros, semejantes al Volkswagen ‘escarabajo’, se encuentran a sus anchas entre los nopales, por lo que muchos cultivadores las crían en grandes cantidades para extraer de ellas el ácido carmínico o ‘carmín’, con el que después elaborarán tintes y colorantes alimentarios. Sí, ha leído usted bien: colorantes alimentarios.

Pero nos estamos olvidando de las tunas. Las tunas o higos chumbos contienen grandes cantidades de vitamina C, y cuando todavía no se habían inventado las farmacias era frecuente ingerirlas como remedio contra el escorbuto. Además, se le atribuyen virtudes medicinales como alivio para trastornos estomacales, diabetes, cortes en la piel, quemaduras solares, estreñimiento, obesidad, resacas, colitis, colesterol e hipertrofia de la próstata. La panacea, al lado del higo chumbo, era agua de sifón.

El aceite de higo chumbo es también un ingrediente de algunas cremas de belleza anunciadas como remedio contra el envejecimiento. Sin embargo, se necesitan cantidades ingentes de tunas para extraer cantidades muy pequeñas de ese aceite, que resulta ser uno de los más caros del mundo.

Cuentan las crónicas que en el siglo XIV el dios Huitzilopochtli se apareció en cierta ocasión a un caudillo azteca y le anunció que la nueva morada de su tribu sería la isla del lago Texcoco. Sabrían cuál era aquel lugar porque, nada más llegar, verían en él un águila posada sobre un cactus, en lo alto de una roca rodeada de agua. Allí, profetizó Huitzilopochtli, construirían una ciudad. En su honor, naturalmente. Como ya estará sospechando usted, la tribu terminó encontrando la isla, el águila y el nopal, y en el año 1325 emprendieron la construcción de la ciudad.

Aquella ciudad se llama hoy Ciudad de México, y tiene más de 20 millones de habitantes. Sin embargo, el nombre que le dieron aquellos primeros moradores fue mucho más descriptivo. Sabiendo que ‘nopal’ en nahuatl es ‘nochtli’, lo lógico era bautizar a la sagrada ciudad como “Tenochtitlan”. Es decir, “el lugar del nopal”. Por eso precisamente el símbolo nacional de México es hoy un águila posada sobre un nopal.

El higo chumbo tiene muchas espinas, y las peores no son las que más asoman, sino otras más chiquitas, casi invisibles, que se clavan con increíble facilidad y que después cuesta mucho desprender. Por eso es aconsejable coger las tunas con pinzas o tenazas y sumergirlas inmediatamente en un cubo con agua. Es el método que yo recomiendo. En unas cuantas horas, el agua separará las espinas del fruto. Después, bastará con lavarlo y quedará listo para comer. (Pelándolo antes, naturalmente).

Por si alguien se cree muy hábil y no toma las precauciones necesarias, he aquí un remedio casero para quitarse las espinas:

Y para despedirnos de esta deliciosa fruta, una receta muy simple que endulzará nuestras sobremesas:

Kiwi

En inglés, kiwifruit

En inglés, kiwifruit

Si por un azar de la vida se encuentra usted en Nueva Zelanda y se le ocurre pedir ‘un kiwi’, no es improbable que alguien suelte una carcajada. En aquel país, lo que usted conoce como ‘kiwi’ es conocido en realidad como ‘kiwifruit’. Y con razón. Porque en Nueva Zelanda ‘kiwi’ es no sólo el nombre de un pájaro, sino también el nombre que los neozelandeses se dan familiarmente a sí mismos.

Empecemos por el pájaro.

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El kiwi es un ave sin alas, de aspecto redondeado y esponjoso, pariente del emú y del avestruz aunque mucho más pequeño, que con los años ha llegado a ser el símbolo de Nueva Zelanda. El nombre es de origen maorí, pero hay dos teorías al respecto. Hay quien piensa que la palabra es simplemente una imitación de su manera de piar, y hay quien cree que la empezaron a usar los primeros polinesios que llegaron a aquellas islas. Según esta segunda teoría, el pájaro kiwi se parece mucho a una variedad migratoria de zarapito o sarapico que pasa los inviernos en las islas tropicales del Pacífico. En mi opinión, esas dos aves se parecen como un huevo a una castaña pero, si usted lo duda, pinche en el enlace y juzgue por usted mismo.

A la vista del pajarito de la foto, no es difícil averiguar por qué los neozelandeses llamaron ‘kiwifruit’ a las bayas comestibles de diversas especies trepadoras del género Actinidia. Aunque la más común es Actinidia deliciosa, conocida también como ‘mangüeyo’, hay otras especies igualmente comestibles, como la libidinosa Actinidia poligama, y otras con nombres tan evocadores como ‘Arctic beauty’ o tan enigmáticos como ‘kolomikta’.

La fruta kiwi es originaria del nordeste de China, según unos autores, o del suroeste, según otros. Originalmente era conocida allí como ‘yangtao’ o ‘melocotón fresa’. Coloquialmente, los chinos se refieren también a ella como ‘melocotón de mono’, ‘pera de macaco’, ‘pera trepadora’ o ‘melocotón sol’. No estaba tradicionalmente considerada como una fruta de mesa, sino que se la daban a los niños para estimular su crecimiento y a las recién paridas para ayudarlas a restablecerse.

Las primeras semillas de esta fruta llegaron a la Real Sociedad Horticultora de Londres en 1847. Como son necesarias una planta macho y una hembra para obtener fruto, durante mucho tiempo se usó sólo con fines ornamentales. De China, la especie pasó a Nueva Zelanda en los comienzos del siglo XX. La versión más extendida atribuye a una tal Isabel Fraser, directora de un colegio de niñas en China, la que llevó a Nueva Zelanda las primeras semillas de kiwi durante una visita a su hermana, que era misionera en aquellas islas.

El caso es que, durante la segunda guerra mundial, los militares americanos destacados en Nueva Zelanda se aficionaron mucho a aquella fruta, que no tardó  en ser conocida en Estados Unidos. En 1961, el kiwi apareció por primera vez en la carta de un restaurante de California, aunque en aquella época lo llamaban ‘Chinese gooseberry’, es decir, ‘grosella china’. Pero los primeros importadores no estaban satisfechos con aquel nombre y querían algo más pegadizo. Una de las alternativas que consideraron fue ‘melonette’, pero lo terminaron descartando porque los melones, por aquel entonces, pagaban unos aranceles muy altos. Así que, por semejanza con el famoso pájaro, se decidieron por ‘kiwifruit’. Algo así como si en español dijéramos ‘fruta gallina’, o ‘fruta periquito’.

Desde el punto de vista de la salud, el kiwi es un potente antioxidante. Además, está repleto de vitamina A, y contiene proporcionalmente más vitamina C que una naranja. Tiene también una gran cantidad de fibra. Protege frente al asma y la ceguera, y tiene efectos muy beneficiosos sobre el sistema cardiovascular. Pero no coma kiwis si es usted alérgico al látex o tiene propensión a los cálculos renales o de la vesícula biliar.

Una virtud no muy conocida del kiwi: gracias a su contenido en ácido actínico y ácido brómico, es un excelente reblandeciente. ¿Le ha salido correoso el filete que le vendieron como solomillo en la carnicería? Tranquilo. Cúbralo durante 10 minutos con unas rodajas de kiwi recién cortadas, y problema resuelto. Pero no olvide regresar a la carnicería y echarle la bronca al carnicero.

No parece haber ninguna leyenda relacionada con el kiwi, de modo que nos conformaremos con estas dos recetas exóticas a base de esta fruta. La primera es un postre de aspecto delicioso: flan napolitano de fresa y kiwi. Lo mejor de todo: es fácil de cocinar.

La segunda receta es sólo para amantes del riesgo: filete de sardina con puré de kiwi. Ya nos contaréis.

 

Granada

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En inglés: pomegranate

La granada es una fruta fea y adusta por fuera, pero llena de sensualidad. Quién no recuerda la impresión recibida cuando la primera granada se abrió relampagueante ante sus ojos infantiles, con aquel crujido grávido que revelaba geometrías caprichosas, y después la sensación de los dedos desgranando el rojo semillero. El granado es, según se mire, un arbusto grande o un árbol pequeño, que no suele pasar de los ocho metros de altura. Como el lector seguramente sospecha ya, tiene su origen en la legendaria Mesopotamia. Se han encontrado restos de granadas carbonizados en yacimientos de la Edad del Bronce excavados en Jericó y en la isla de Chipre. Una granada había en la tumba del mayordomo de la reina Hatshepsut, en el antiguo Egipto. Y en Mesopotamia se han encontrado textos cuneiformes que hablaban ya de esa fruta tres mil años antes de que nosotros naciéramos. La granada se cultiva en regiones templadas y tropicales, y motea los alrededores de la inacabable Ruta de la Seda.

Uno de los aspectos más exóticos de la granada es la musicalidad de los nombres que recibe, desde el áspero Granatapfel alemán hasta el callejero pomogranà veneciano, pasando por el italiano melograno (del latín mālum grānātus, manzana granada), el tamil madulai o el telegráfico rmn de los antiguos egipcios. Su nombre latino, Punica granatum, hace referencia a la civilización púnica (es decir, a los fenicios), que la cultivaron con especial mimo, en parte por razones religiosas. Un aspecto de esa fruta que yo habría preferido no mencionar: las granadas de mano.

Si hacemos caso de la mitología griega, la granada se engendró de la sangre del hermoso Adonis. Cuentan también que la diosa Perséfone fue raptada por Hades, que la llevó consigo a su mundo subterráneo, donde la hizo su esposa. Como la madre de Perséfone era la diosa de las cosechas, el rapto de su hija le causó tal dolor que, en poco tiempo, todas las las plantas dejaron de crecer. Alarmado, Zeus ordenó a Hades que devolviera a Perséfone, pero el Destino había establecido una norma inviolable: todo aquel que ingiriera comida o bebida en el mundo subterráneo se condenaba a pasar la eternidad en él. Con malas artes, Hades había conseguido que Perséfone comiera seis semillas de granada, por lo que estaba condenada a pasar seis meses en el infierno todos los años. Así, cada vez que Perséfone regresa al trono subterráneo y se sienta en él junto a Hades para pasar con él los seis meses de rigor, su madre llora nuevamente la pérdida de su hija y la tierra deja de dar fruto. Supongo que el lector habrá entendido ya que ése era, para los griegos, el origen de las estaciones.

Inevitablemente, ha habido estudiosos de la Biblia que han asegurado que la granada, y no la manzana, era el fruto prohibido del Paraíso Terrenal. Aunque sospechamos que ninguno de ellos estaba allí para dejar constancia, es cierto que la granada aparece mencionada en el Cantar de los Cantares, del rey Salomón: “Tus labios escarlata, amada mía, son como una cinta de grana destilando miel, y tu manera de hablar es hermosa. A través del velo, tus sienes semejan las dos mitades de una granada”.

Tampoco debería sorprendernos averiguar que, para los antiguos egipcios, la granada era símbolo de prosperidad. ¿Qué fruta no lo ha sido? En Armenia, por ejemplo, era costumbre entregar a la recién casada una granada, que ella lanzaba después contra una pared, rompiéndola en pedazos. Incluso en la moderna Grecia, todavía hoy, cuando alguien compra una vivienda, los invitados ofrecen a los nuevos dueños una granada como augurio de abundancia, fertilidad y buena suerte.

Podemos ver granadas en muchos cuadros antiguos de asunto religioso. Botticelli y Leonardo, por ejemplo, pusieron granadas en las manos de la Virgen María y de su hijo. Por último, no tengo más remedio que recoger una tradición políticamente incorrecta. El nombre tamil de la granada, maadulampazham, es una metáfora de la mente femenina, ya que, según los antiguos tamiles, los pensamientos de una mujer son tan recónditos e indescifrables como las semillas escondidas en el interior de ese fruto. Que el lector decida si los tamiles tenían o no razón con sus metáforas.

En la medicina tradicional, la corteza de la granada y la de su tronco se usan como remedio contra la diarrea, la disentería y las lombrices intestinales. Además, cuando el fruto está muy dulce, afirman los pechos femeninos y curan las hemorroides. Sus semillas y su jugo serían también beneficiosos para el corazón y la garganta. El jugo frenaría la aparición de cataratas. Se han usado también las semillas de granada como anticonceptivo, y como supositorio vaginal. Al menos, así lo recogen algunos textos indios de la antigüedad y ciertos tratados medievales. En estudios de laboratorio, el jugo de granada parece atenuar los factores de riesgo de las enfermedades coronarias. Además, reduce la tensión arterial, protege frente a los virus, inhibe la formación de placa dental y estimula la producción de testosterona. Una verdadera botica.

Y, para terminar, un truco práctico y una receta. ¿Cómo pelar una granada fácilmente en pocos segundos?

Y esta interesante receta. Pollo con salsa de granada:

Cereza

Cherries

En inglés: cherry

La cereza es fruta deliciosa y sensual que se obtiene de varios árboles del género Prunus. Es familia de la ciruela, del albaricoque (damasco), del melocotón (durazno) y de la almendra.

Las especies de cerezo nativas provienen de las regiones templadas de Europa y Oriente Medio, y no prosperan en climas cálidos, ya que sus semillas necesitan el frío del invierno para empezar a germinar. Tanto el español cereza como el francés cerise, el inglés cherry o el alemán Kirsche provienen de la palabra latina cerasum. Cuentan las crónicas que, hacia el año 70 antes de nuestra era, tras conquistar la colonia griega de Kerasus, en la región del Ponto (el nordeste de la actual Anatolia), un general romano llamado Lucius Licinius Lucullus regresó a Roma con un cargamento de 74 cerezos. La fruta tuvo tal éxito que pronto se extendió por buena parte del Imperio. Varios siglos después, Enrique VIII probó las cerezas en Flandes y ordenó inmediatamente plantar árboles de esa especie en el condado de Kent.

El cerezo tarda siete años en alcanzar la plena madurez, aunque produce sus primeras cerezas en su cuarto año de edad. Los campos de cerezos en flor, al comienzo de la primavera, componen un espléndido paisaje, y sus frutas se recolectan durante el verano. Se conocen más de 50 variedades de cerezas comestibles, con nombres de resonancias baudelairianas (Autumnalis), mitológicas (Pandora), musicales (Staccato), históricas (Napoleon) y evocadoras de emociones contrapuestas (Austera, Pink Perfection, Sweetheart).

Se producen actualmente en todo el mundo más de dos millones de toneladas de cerezas, de los que medio millón se cultivan en Turquía, seguida muy de cerca por Estados Unidos. La ciudad de Traverse City, en Michigan, se ha otorgado a sí misma el título de “capital mundial de las cerezas”. Celebra todos los años un festival nacional de esa fruta, durante el que se cocina el pastel de cerezas más grande del mundo. Los Estados Unidos, ya se sabe… Con todo, la cereza más grande jamás registrada fue exhibida en una feria por el agricultor italiano Gerardo Maggipinto, en Sammichele di Bari, el 21 de junio de 2003. Pesaba 21,69 gramos, aproximadamente el peso de una canica de vidrio de dos centímetros y medio.

Las cerezas dulces (que también las hay agrias) no tienen un gran contenido calórico: unas 63 kcal/100 g, pero sí una gran abundancia de vitaminas A y C. Según algunos estudios, comer cerezas protege de la obesidad y, según otros, alivia los ataques de gota y de artritis. A la corteza del cerezo se atribuyen virtudes como sedante y expectorante. En América, los mohicanos la usaban como remedio contra la disentería, las indias cherokees para atenuar los dolores del parto, y los meskwakis la tomaban como sedante. En suma: una pequeña panacea. Además, la madera de cerezo es muy apreciada por los fabricantes de muebles, por su robustez y prestancia.

En Japón, las flores de cerezo son un símbolo nacional que representa los valores de belleza, cortesía y modestia. El Gobierno de ese país ha regalado en varias ocasiones al Gobierno de Estados Unidos miles de cerezos como prenda de amistad. Todos aquellos árboles fueron a parar a la capital, Washington, D.C., donde todavía siguen plantados.

También en China eran conocidas las cerezas desde tiempos tan antiguos como el siglo VI antes de nuestra era, y también para ellos era una fruta simbólica. Según una leyenda china, las cerezas de la inmortalidad maduran una vez cada mil años en el jardín de la diosa Xi Wang Mu. Para protegerse de los malos espíritus, los chinos instalaban figurillas de madera de cerezo a la puerta de sus casas, y el día de Año Nuevo colgaban ramas de cerezo sobre sus puertas.

Un detalle anecdótico: quien haya estado en Manhattan habrá advertido que la avenida Broadway se desvía inexplicablemente hacia el este a la altura de East 10th Street. ¿La causa? Un cerezo que nadie se atrevió a arrancar.

Como colofón de esta breve semblanza, dos propinas. En primer lugar, un documental sobre la recolección de la cereza en el valle del Jerte:

Y, para concluir, una sabrosa receta: clafoutis de cerezas

Higo

En inglés: fig

El humilde higo común, pariente de la tentadora breva, paraíso de hormigas y sombra del fatigado labrador, es el delicioso fruto de la especie Ficus carica, originaria del Asia menor. Se cuenta que fueron los españoles los que la llevaron a América, hacia 1520. El higo es fruta efímera, pero la higuera es árbol resiliente y generoso, que puede vivir hasta cien años y crecer hasta alcanzar los 30 m de altura. Tal vez por todas esas razones, o por ser una de las pocas reliquias vivas del mítico Mediterráneo, la higuera es el árbol preferido del autor.

Aunque uno siempre ha dado por sentado que Adán y Eva tapaban sus vergüenzas con una hoja de parra, siempre encontrará usted algún estudioso díscolo que afirme que la hoja era de higuera, y la fruta prohibida, un higo. Pero el tiempo nunca pasa en balde, y la brevedad de las prendas de baño modernas ha progresado tanto que la ancha hoja de nuestros primeros padres pasaría, en nuestros días, por atavío mojigato. Con la Biblia en la mano, vivimos en Sodoma y Gomorra.

Desde el África central hasta el lejano Oriente, la higuera ha sido secularmente, para sus pobladores, el árbol de la vida y del conocimiento. Higos hay en tablillas cinceladas por los sumerios hace más de 4500 años, en la biografía de Gautama Buda y, naturalmente, en las mitologías griega y romana. La higuera nos trae recuerdos de gigantes y titanes, de ninfas y de culto al vino, a la tierra, al sexo y a la agricultura. Está asociada a nombres de antepasados reales, como Horacio, o legendarios, como Rómulo y Remo, y nos hace evocar ciudades cargadas de historia y sumergidas ya en el tiempo, como Cartago o Atenas. Higos comían los guerreros espartanos y los atletas de los primeros juegos olímpicos, y, si la leyenda es cierta, Cleopatra murió por la picadura de una avispa escondida en una cesta de higos.

En las lenguas derivadas del latín, la palabra sicofante, o sicofanta, que etimológicamente significa ‘delator de la presencia de higos’, se utiliza en el sentido de ‘calumniador’. En inglés, en cambio, significa ‘adulador’. Los orígenes de la palabra son oscuros. Según la versión más extendida, los sicofantes eran en la Grecia antigua quienes delataban a los ladrones o contrabandistas de higos. La amenaza de delación terminó convirtiéndose en una forma de chantaje, cuyos excesos, según Aristóteles, incitaron en más de una ocasión a los ricos a derrocar a sus gobernantes en varios Estados del Peloponeso.

Otros autores, en cambio, aseguran que en Atenas la exportación de higos nunca estuvo prohibida, y nos remiten no al contrabando, sino al robo de frutos de las higueras sagradas, e incluso al sexo femenino como significado figurado de la palabra ‘higo’. En este último caso, cabe preguntarse qué era exactamente lo que delataban los sicofantes. En cualquier caso, calumniar a terceros para favorecer al poderoso puede ser también una forma de adulación, lo que explicaría tal vez el significado de la palabra en inglés.

Una curiosa peculiaridad de la higuera son sus flores. ¿Han visto ustedes alguna vez una higuera en flor? No es necesario que hagan memoria. Con toda probabilidad, la respuesta es “sí”. Porque, aunque pocos lo saben, el propio higo es al mismo tiempo la flor y el fruto de la higuera, que sólo una especie de avispa, suficientemente diminuta, es capaz de polinizar. Concretamente, la hembra de esa especie. El macho nunca abandona su higo natal (ni siquiera tiene alas) y, después de aparearse, muere. Su cuerpo es digerido por el propio fruto, gracias a un enzima llamado ficina.

Hay innumerables variedades de higos. Algunas de ellas tienen nombres irresistibles: Celeste, Alma, Mademoiselle de deux Saisons, Carne Doncella, Paradiso Bianco, Pezón Largo, o Reina de Málaga.

Otras, no tanto: K-6-5, UCR-160-50, Monstreuse, Paradiso Nero, Corleone. Hay también nombres muy evocadores: Desert King, Brooklyn Dark, Mystery Fig, Negretta, e incluso German Red. Para los amantes de la informática, hay también dos variedades llamadas Excel y Vista.

En Indonesia se creía que dos dioses crearon al hombre y a la mujer cortando una higuera en sentido vertical y horizontal, respectivamente. El texto de la Biblia está salpicado de higueras, y en ciertas tribus de Australia el Yara-Ma-Yha-Who es un vampiro rojo (verde, según otros autores) con ventosas de pulpo en las manos y en los pies, que se esconde en las higueras y se alimenta de la sangre de los caminantes. Los amantes de las películas de terror encontrarán más razones todavía para simpatizar con las higueras: los ataúdes de las momias egipcias estaban hechos de madera de sicómoro, una variedad de higuera que crece en el norte de África. La corteza de higuera era el material utilizado por los mayas para escribir sus códices sagrados, en los que registraban datos astrológicos y anunciaban profecías. En México se usan todavía las ramas de higuera para construir puentes suspendidos.

Los higos han sido utilizados durante siglos para endulzar las comidas, y todavía son consumidos en lugar del azúcar en el norte de África y en el Oriente Medio. Además de fructosa y de glucosa, los higos tienen un alto contenido de potasio, hierro, fibra y calcio, y son diuréticos y laxantes. El látex blanco que rezuman sus pedúnculos se utiliza como pegamento, oxidante de cobre, coagulante de leche, lacre y goma de mascar, y las hojas de la higuera son también utilizadas como papel de lija y como alimento para los gusanos de seda. La corteza sirve para curtir y depilar pieles, y también para fabricar cuerdas e, incluso, prendas de vestir. El jugo de higo es una buena tintura para usos textiles, y las fibras de los brotes jóvenes sirven para tejer redes de pesca.

¿Padece usted trastornos digestivos, tos, resfriado o abscesos en la piel? No vaya a la farmacia. En su frutería más cercana encontrará el remedio para sus males: barato, nutritivo, mediterráneo… y, sobre todo, deliciosamente sabroso.

No sólo como postre. Los higos combinan bien con manjares muy diversos. Como muestra, esta receta:

Carpaccio de higo con jamón

Y, si alguien se ha quedado todavía con ganas de postre, puede endulzar sus oídos con esta melodía: “Figs and Dates” (Higos y dátiles):